¡Cuántas cruces levantadas en la tierra!
Nos encontramos en el principio de la semana que llamamos «santa», que empieza con aclamaciones de triunfo y culmina con la fiesta más grande, Pascua. Una semana que tiene que merecer llegar a la contemplación del misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Nuestro encuentro con Él puede ser decisivo para cada uno de nosotros, si está colmado de una firme voluntad de seguimiento y de aceptación de su mensaje, si nuestro amor hacia Él y a los demás es respuesta generosa a la llamada a identificarse con el trabajo por el Reino que predica y el ofrecimiento de la implicación más sincera.
Llega el momento de seguir minuto a minuto los pasos de Jesús. Dediquémosle tiempo, orando, en silencio, conociéndolo y descubriéndolo todavía más, y preguntémonos:
- ¿Qué ha pasado en mi vida durante esta Cuaresma?
- ¿Cómo he vivido este tiempo de gracia, de renovación personal?
- ¿Cuál ha sido y es mi proceso de conversión, de ayuno, de caridad?
- ¿En qué he cambiado por la relación con la Palabra de Dios y la plegaria?
- ¿Cómo vivo la oferta del perdón a través del sacramento de la Reconciliación?
- ¿Cómo he ejercitado la comunicación de bienes con los más necesitados?
- ¿Qué tengo que agradecer a Dios de todo este tiempo de Cuaresma?
En este Domingo de Ramos con el que comienza la Semana Santa, acogemos a Jesús que entra en nuestros pueblos y en nuestro corazón, como lo hizo en Jerusalén. Nuestros cantos de reconocimiento, de alabanza, de gozo, necesitan el complemento de la luminosa noche de Pascua para verificar que el encuentro con Él significa para nosotros la fuente de mayor transformación para nuestra vida personal y para las estructuras de nuestra sociedad. Sabemos que Jesús viene en nombre de Dios y que, aunque la aceptación de su voluntad le sea un trago amargo, la muerte en cruz, conseguirá para todo el género humano la más grande de las libertades, la que asegura la victoria sobre el pecado, la muerte y todo mal.
Hoy aclamamos al que viene en nombre del Señor, pero ahora nuestra atención se centra en su pasión para hacer de ella contemplación, oración silenciosa. ¿Qué misterio esconde y revela a la vez? Sin duda alguna, un misterio de amor, el amor del Dios que se ha enamorado de su pueblo y quiere llevarlo al término más feliz para el que lo ha elegido, se le ha revelado, lo ha santificado y se ha encarnado. Dios se ha solidarizado totalmente con la humanidad, la ha amado y lo ha dado todo por ella en la persona de su Hijo, Jesús.
Este acercamiento ha sido posible porque Cristo «se rebajó y se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo ha exaltado y le ha concedido el nombre sobre todo nombre» (Fl 2,8-10). Estas palabras de san Pablo resumen el misterio central de nuestra vida cristiana. No nos fijamos en la cruz sin la resurrección, ni en la resurrección sin la cruz: nos encontramos ante este misterio de muerte y de vida que expresa el mayor realismo al que nos enfrentamos cada día. Sin embargo, como la de Jesús, ¡cuántas cruces siguen levantadas! ¿Quién ayudará a convertirlas en signos de vida? Tanto es así que, en la luz que nos proyecta el misterio pascual de Cristo, encontramos la claridad de la fe, la razón de la esperanza y el ardor de la caridad.
















