El itinerario «normal» de un cristiano que se deja acompañar
El relato evangélico que cuenta cómo Jesús se pone a caminar con dos discípulos podría muy bien ser la muestra de un itinerario «normal» para crecer como cristianos de los que se dejan acompañar y quieren realmente progresar en el seguimiento de Jesús. En este relato está todo, desde el punto de partida, que es la decepción, hasta el entusiasmo del seguimiento. Con una pedagogía muy hábil, Jesús acompaña un proceso normal de crecimiento en la fe o de iniciación cristiana, lo que, en las circunstancias actuales, tanta falta hace para que lleguemos a ser cristianos adultos. La escucha de la Palabra de Dios nos sitúa, pues, ante la verdad del encuentro con el Cristo vivo y presente en los caminos de nuestra vida.
¿Cómo son estos caminos, contemplando la realidad de cada día? Siendo realistas, son caminos de ida y vuelta, de frustraciones y de euforias, de desengaños y de adhesiones. Caminos, también, de ignorancia, de indiferencia y desesperanza. En ciertos aspectos, así lo viven los que habían puesto su confianza en Jesús cuando dicen «nosotros esperábamos que sería el libertador de Israel…» (Lc 24,21) La frecuencia con que se pronuncian esta y otras frases similares denota una reacción que invade nuestras conversaciones y pone al descubierto una decepción directamente relacionada con Jesús o con sus seguidores.
A todo ello, hay que añadir el hecho de los que se van, de aquellos y aquellas que separan la vida del Evangelio o viven como si no creyesen; una especie de apostasía silenciosa, un intento de hacer prevalecer una comprensión del hombre sin Dios y sin Cristo, de vivir como si Dios no existiese. Nuestro mundo occidental ahora lo vive como una crisis de identidad porque ha perdido sus raíces y el referente que lo definía. Con todo, hay demanda religiosa, pero con frecuencia revestida de un cumplimiento puramente externo o que no quiere comprometerse con las exigencias del Evangelio y lo que la Iglesia sugiere, y vive la religiosidad como un puro trámite, especialmente en relación con la celebración de algunos sacramentos. También en eso tienen que ver la falta de formación y la ignorancia religiosa.
Con todo, el Evangelio nos hace ver que el Resucitado está dispuesto a acompañar a este hombre y esta mujer que están de vuelta y que han perdido el rumbo de su vida. ¿Quién debe dejarse acompañar? ¿Quién, en nombre de Cristo y de la Iglesia, quiere acompañar y ayudar a otros a iniciar de nuevo el trayecto de retorno y ayudar a volver a empezar? Hoy, nos anima ver a muchas personas adultas que están descubriendo el ser cristiano y piden los sacramentos de la iniciación cristiana, otros también el sacramento de la confirmación, que de jóvenes no habían recibido. Debemos ofrecer acompañamiento y ayuda. Está en manos de las parroquias y de la propia diócesis organizarlo y proponer el catecumenado, que es todo un tiempo de conversión y de integración en la comunidad cristiana.
Cuando el Señor se pone a caminar con los dos discípulos que van a Emaús, les ofrece la posibilidad de recapacitar y descubrir a través de su Palabra la verdad de su persona y el porqué de los acontecimientos que han vivido. Es la razón por la que momentos después, en la Fracción del Pan, reconocerán el cambio que el Señor Resucitado ha operado en sus corazones: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Vuelve la confianza y renace el entusiasmo. Ahora, no solo se dejan acompañar, sino que acompañan a otros. Es la tarea paciente de la evangelización. ¡Hagamos lo mismo!
















