En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida

El anuncio de Pascua nos orienta hacia una novedad de vida que nace de la semilla divina sembrada en el corazón de la humanidad por la encarnación de Jesús. Pero es la fe en Cristo Resucitado la que nos abre a una esperanza que no defrauda y dirige los pasos de los que han hecho de su vida una luz capaz de desvanecer la oscuridad presente en el mundo. Días santos, días de una semana que culmina en la fiesta de Pascua, fiesta de las fiestas, que anuncia el triunfo de la vida sobre la muerte, el triunfo de la gracia sobre el pecado, el triunfo del bien sobre el mal. La resurrección de Cristo ya ha penetrado la trama oculta de nuestra historia y va irradiando en ella una nueva luz.

Gracias a este anuncio de vida eterna y de esperanza cierta de que Jesús está vivo y que podemos decir incluso que cuando morimos no somos una luz que desaparece, sino una lámpara que se apaga cuando nace la claridad del nuevo día. Quedamos totalmente integrados en esta claridad luminosa, de la que es un signo vivo la llama encendida del cirio pascual. Por ello, el pregón de esta fiesta canta que «el lucero matinal lo encuentre ardiendo: ese lucero que no conoce ocaso, y es Cristo tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano». ¿Qué debemos pensar de esta proclamación que la Iglesia extiende por doquier del mundo y lo hace en circunstancias adversas de dolor, de guerra, de violencia y de muerte? ¿Cómo nos llega al corazón este anuncio y cómo resuena en él?

Cuántas veces hemos cantado -guitarra en mano- aquellas palabras de Bob Dylan buscando respuesta: «¿Por cuántas calles el hombre tendrá que pasar, antes de que se le quiera escuchar? ¿Hasta cuántos mares tendrá que atravesar, antes de poder descansar? ¿Cuántas bombas tendrán que estallar antes de que no quede ninguna? ¿Con cuántos golpes tendrá el hombre que mirar hacia arriba antes de poder ver el cielo? ¿Cuántos oídos tendrá que tener antes de oír llorar al mundo? ¿Cuántas muertes verá a su entorno para saber que ha muerto demasiada gente?». Mientras tanto, Jesús muere injustamente y muchas personas como Él, ayer y hoy.

Pero, mientras lo vivimos y lo padecemos, Dios habla y no se cansa de decirnos que Él es la respuesta a este problema global. Solo falta que nos fiemos de Él, que lo dejemos actuar, que transforme nuestros corazones y las estructuras humanas. «Eso, amigo mío, solo lo sabe el viento, escucha la respuesta en el viento.» Siempre, con ojos de fe, hemos entendido de quién y de dónde provenía la respuesta y qué Espíritu la daba. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible» (Francisco, EG 276).

Compartiendo el gozo de una misma profesión de fe, ¡os deseo una buena y santa Pascua!

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17/07/2024Santes Justa i Rufina, sant Aleix, santa Hedwig.

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