Cuaresma 2026, nueva oportunidad de abrirnos a Dios y a los hermanos No echemos en saco roto la gracia de Dios que hemos recibido
Una nueva Cuaresma, bendición de Dios para toda la Iglesia en este tiempo de gracia que se nos concede. Una nueva oportunidad de peregrinación interior hacia Aquel que es fuente de misericordia. Un camino necesario para rehacer nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios que constantemente nos invita a la conversión. Lo hemos pedido a Dios en la oración inicial: «por medio de las prácticas anuales del sacramento cuaresmal concédenos progresar en el conocimiento del misterio de Cristo, y conseguir sus frutos con una conducta digna». Conocer y vivir: dos términos que expresan por nuestra parte una voluntad de crecimiento hacia la madurez cristiana, la única capaz de vencer la ignorancia religiosa y dar respuesta a los retos que se nos presentan. ¡El Evangelio nos ofrece una nueva perspectiva!
La comprensión del misterio de Cristo y su vivencia plena nos llevan a la contemplación de uno de los relatos más significativos de los inicios de su vida pública. Como la primera comunidad cristiana, que vio en él el modelo a seguir y su fuerza de voluntad a imitar, nosotros, los cristianos de hoy, también somos conscientes de las tentaciones que envenenan nuestra vida. Todas ellas, relacionadas con múltiples ofertas que pretenden sustituir el lugar de Dios, son una propuesta de felicidad inmediata, de triunfo fácil, de éxito deslumbrante, no solo en situaciones extraordinarias, sino en los momentos más cotidianos. Dios desplazado, Dios sustituido. ¿Cuáles son estas tentaciones y tantas otras que debemos añadir y que se nos presentan como ofertas apetitosas?
–La tentación de excluir a Dios como origen y explicación de todo lo creado.
–La tentación de decirle constantemente a Dios «no te necesito» o «no me interesas».
–La tentación de organizar la vida al margen del Evangelio, como si no fuésemos cristianos.
–La tentación de dar prioridad a toda pretensión egoísta, y situarnos en el centro de todo.
–La tentación de no reconocer nuestras equivocaciones y culpabilizar a los demás.
–La tentación del abuso de poder, de buscar solo el éxito fácil, el prestigio y el «postureo».
–La tentación de dominar al otro, y hacerlo objeto de nuestros caprichos y egoísmo.
–La tentación de utilizar la religión en beneficio propio y no para la gloria de Dios.
–La tentación de insolidaridad, que cierra el corazón a tanta necesidad de ayuda humanitaria.
–La tentación de autosuficiencia, que nos blinda en nuestras seguridades materiales.
–La tentación de agresividad física y verbal, que lleva a la crispación y a la desconfianza.
La vida de Jesús, como la de la Iglesia, nuestra vida, se desarrolla entre esta oferta insistente y la última tentación que tiene Jesús, cuando ya colgado en la cruz se le tienta a bajarse y demostrar que es el Hijo de Dios. Y Jesús, con su silencio elocuente, no cede y vence la tentación porque sabe que cumplir la voluntad de Dios será fuente de salvación para todos. La pretensión orgullosa de desplazar a Dios de nuestra vida es la que nos mantiene en la vulnerabilidad y en la posibilidad de caer en la tentación y quedar sometidos al dominio del pecado. No obstante, toda esta situación que nos afecta y afecta toda la creación ha sido radicalmente transformada a favor nuestro y de toda la humanidad gracias a la redención obtenida por la Muerte y la Resurrección de Cristo. Desde el Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma, se nos ha invitado a no malgastar la gracia de Dios que hemos recibido, este tesoro que desde el bautismo llevamos en el corazón.
















