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Homilia en la celebració ecumènica a la Catedral de la Setmana d'Oració per la Unitat dels Cristians 2021

Homilía de Mons. Sebastià Taltavull, Obispo de Mallorca

Celebración ecuménica en la Catedral

en la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos

Catedral de Mallorca, 24 de enero de 2021

 

 

Un año más, las diversas confesiones cristianas presentes en Mallorca nos reunimos en la Catedral para rezar por la unidad entre nuestras respectivas Iglesias y entre nosotros. Con humildad nos situamos ante el Señor Jesús que nos une como hermanos y es el punto de encuentro de todos nosotros y de la humanidad. Sólo podemos hablar de unidad entre nosotros si estamos unidos a Jesús, como los sarmientos unidos a la vida (cf. Jn 15,8-9), en una profunda unidad interior y exterior, por la que circula la vida del Espíritu de Dios y se proyecta en nuestro comportamiento humano.

 

Bajo esta luz, el trabajo por la unidad de los cristianos no es un esfuerzo que queda limitado a nuestras Iglesias, sino que es una «aportación a la unidad de la familia humana», tan necesitada en este momento en el cual la globalización de la indiferencia ha de dar paso a la globalización de la fraternidad humana. Esta fraternidad en la que nuestro papa Francisco insiste tanto en su última encíclica Fratelli tutti, abriéndola a todas las dimensiones de la sociedad. Para ello, no hace falta renunciar a nada de lo que es esencial de nuestra fe, sino acogernos al profundo sentido de filiación respecto a Dios nuestro Padre y, des de ahí, sentir-nos verdaderos hermanos que se necesitan entre ellos y promueven en todo momento y situación la unidad. La manera de vivirlo la tenemos en Jesucristo, su Hijo, quien nos da la forma y las actitudes para llegar a conseguirla: la amistad, la reconciliación, el perdón. Pero no seria posible llegar a ello sin la presencia activa del Espíritu Santo en nosotros, elemento unificador de todos nuestros esfuerzos, proyectos y realizaciones.

 

Las diferentes confesiones cristianas presentes en nuestra isla queremos hacer este servicio de unidad sirviendo a nuestras comunidades cristianas, pero sobre todo trabajando juntos, por encima de nuestras diferencias, por las personas y grupos que conforman nuestra sociedad mallorquina, especialmente todos los que en este tiempo de pandemia están padeciendo más la crisis sanitaria y económica. Esta enfermedad multipresente en nuestra sociedad nos está haciendo ver de cada día más la necesidad que todos tenemos de ayuda mutua, de desprendimiento personal, de austeridad de vida, de empatía, de servicio, de comunión, de verdaderos y sinceros signos de fraternidad y de solidaridad.

 

El compromiso ecuménico responde a la oración sacerdotal de Jesús que en el momento de su despedida antes de morir pide al Padre -y es exigencia nuestra- «que todos sean uno» (Jn 17,21). Es su testamento, una de sus últimas voluntades, que hemos de acoger, valorar y llevar a término. Ser fieles a esta voluntad, que expresa nuestra profunda unión a su persona y entre nosotros, será el gran signo de credibilidad, fruto del amor que nos tengamos, ya que, a través de él, reconocerán que somos discípulos misioneros suyos y les será más fácil llegar a la fe: «unidos para que el mundo crea» (cf. Jn 17,21). Juntos, en fraternidad, las cristianas y cristianos de las diferentes confesiones podemos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de oración, de servicio y de testimonio, encarnados en cada uno de los ambientes ciudadanos en los que nos movemos y vivimos, haciendo todo lo posible para que la unidad entre los cristianos sea la contribución profética y espiritual al proceso de globalización (cf. FT 280).

 

¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! En palabras del papa Francisco, «si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender los unos de los otros! No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger aquello que el Espíritu ha sembrado en ellos como un do también para nosotros» (EG 246). ¡Cuánto hemos de aprender los unos de los otros! El contacto que a lo largo de los años hemos podido tener con las Iglesias ortodoxas y protestantes nos ha hecho descubrir aspectos que hemos asumido y hemos profundizado para incorporarlos a nuestra práctica cristiana. El Concilio Vaticano II ha sido un momento decisivo para ello, y nos alegramos mucho que haya sido así para mantenernos en esta constante apertura eclesial y ecuménica, que nos ha hecho superar muchos prejuicios y nos ha abierto a todos a la acción del Espíritu.

 

La pasión de Jesús por la unidad, la llamada a que los sarmientos (que somos nosotros) estemos estrechamente unidos a Él (que es la vid), tiene que ser la referencia para nuestro trabajo de diálogo constante y de oración confiada. Dicen los obispos de la India, y a los que el papa Francisco hace referencia, que «el diálogo es establecer amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor” (cf. FT  271).  Si esto queremos que suceda a nivel de las grandes religiones, cuanto más entre nosotros que tenemos a Jesucristo como centro de nuestra vida para llevarnos a ser verdaderos artesanos de la fraternidad y de la paz.

 

«Los líderes religiosos estamos llamados a ser auténticos “dialogantes”, a trabajar en la construcción de la paz no como intermediarios, sino como auténticos mediadores. Los intermediarios buscan agradar a todas las partes, con el fin de obtener una ganancia para ellos mismos. El mediador, en cambio, es quien no se guarda nada para sí mismo, sino que se entrega generosamente, hasta consumirse, sabiendo que la única ganancia es la de la paz. Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros» (FT 284).

 

Nuestro compromiso. Son las palabras finales de la encíclica Fratelli tutti (Hermanos todos) al asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; y el conocimiento recíproco como método y criterio (FT 285).

 

Nuestra oración ecuménica.

Dios nuestro, Trinidad de amor,
desde la fuerza comunitaria de tu intimidad divina
derrama en nosotros el río del amor fraterno.
Danos ese amor que se reflejaba en los gestos de Jesús,
en su familia de Nazaret y en la primera comunidad cristiana.

Concede a los cristianos que vivamos el Evangelio
y podamos reconocer a Cristo en cada ser humano,
para verlo crucificado en las angustias de los abandonados
y olvidados de este mundo
y resucitado en cada hermano que se levanta.

Ven, Espíritu Santo, muéstranos tu hermosura
reflejada en todos los pueblos de la tierra,
para descubrir que todos son importantes,
que todos son necesarios, que son rostros diferentes
de la misma humanidad que amas. Amén.