La alternativa: vivir con el Espíritu Santo o sin Él
Bastantes veces nos preguntamos cómo interviene Dios en la vida de cada persona, sea creyente o no. Más aún, nos interesa saber de qué forma actúa el bien sobre el mal y cómo Dios inspira buenas acciones y buenos comportamientos imperados por el amor. Por ello, creemos que es posible transformar situaciones que vivimos y pasar del miedo a la confianza, de la duda a la fe, del desánimo al entusiasmo, de la tristeza a la alegría, de la frustración a la esperanza, del egoísmo al amor, del individualismo a la comunidad, del aislamiento a la comunicación. Podríamos alargar mucho la descripción de otras situaciones que pueden cambiar y ofrecernos la oportunidad de infundir un mejor sentido a la vida. La experiencia de cambio hacia la realización del bien es realizable, lejos de caer en el desencanto, la mediocridad o la lamentación. Ciertamente, ¡la fe mueve montañas!
¿Cómo sacar argumentos para hacer que todo ello, además de posible, sea creíble? La fuerza del argumento es la Iglesia misma, cuyo nacimiento e historia de veinte siglos cuenta con la innegable presencia de Dios mediante la acción eficaz del Espíritu de Cristo Resucitado. Jesús lo había prometido y lo ha cumplido: «Cuando venga el Defensor, el Espíritu de verdad, os guiará hacia el conocimiento de la verdad plena, porque él no hablará por su cuenta: os comunicará todo lo que oirá decir y os anunciará lo que ha de venir (Jn 16,13)». No hay ningún don comparable con el de esta identificación con Dios, que es Amor, cuando de forma inmerecida somos nosotros los agraciados, los escogidos, los que podemos experimentar que nuestra vida puede quedar totalmente transformada gracias a la acción del Espíritu Santo en cada uno.
La Palabra de Dios nos habla no solo de los dones del Espíritu sino también de sus frutos, una realidad bien visible y palpable a descubrir en cada persona. Estos frutos evidencian una realidad madura, totalmente contraria a lo que es frustración humana. Son: «el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la sobriedad» (Ga 5,22-23), totalmente contrarios a la lista que también nos expone la Palabra y detalla como impulsos que no provienen del Espíritu Santo y que llevan a la «fornicación y a otros desórdenes, a la idolatría, a los maleficios, a las enemistades, discordias, celos, rabias, rivalidades, divisiones, sectarismos, envidias, exceso de beber, orgías y cosas semejantes» (Ga 5, 19-21). Y aún añadirá san Pablo: «Si vivimos gracias al Espíritu, comportémonos de acuerdo con el Espíritu» (Ga 5,26). Estamos ante la alternativa: con el Espíritu Santo o sin Él.
La fiesta de Pentecostés tiene esta nueva proyección de vida que se convierte en propuesta para ser acogida con gozo. Podemos aprenderlo de los apóstoles. La transformación interior que en este día experimentan los lleva a salir a las calles, a las plazas, a los lugares de encuentro y de oración, a cualquier lugar, y a proclamar esta buena noticia para abrir los corazones a Dios y a toda la humanidad, para construir un espacio de fraternidad. Un hecho es muy significativo y es que, «durante la celebración del día de Pentecostés, se encontraban todos juntos en un mismo lugar» (Ac 2,1). La fuerza de la comunión entre los seguidores de Jesús hace que se encuentren preparados para entender que cualquier proyecto comunitario, por difícil que parezca, debe contar con la condición de la unidad entre sus miembros. Su consecuencia será velar por la unidad interior de cada uno, y contra toda tentación de caminar solo y vivir disperso, olvidando lo que unifica, crea comunión y es esencial. De ahí el espíritu sinodal a realizar.
















