Dios no es el problema, es la solución, ¡es Amor!
Dios no es el problema. Lo somos cada uno de nosotros cuando no conseguimos encontrar a Dios, o más bien, cuando impedimos que Él nos encuentre. Toda la historia de la humanidad lo ha vivido y lo vive aún como búsqueda de sentido. Dios no es el problema, sino la solución a los enigmas humanos y al drama de la existencia. Siempre y de mil maneras, el hombre y la mujer de todos los tiempos se han hecho preguntas radicales, entre las que está la pregunta sobre quién es Dios, siempre unida al sentido de la vida, a su origen y a su destino. Son las preguntas religiosas por excelencia que, en un momento u otro, todos nos planteamos.
Esta búsqueda es propia de toda persona religiosa, ya que trata de establecer alguna clase de relación con lo Transcendente, y se esfuerza por superar las propias limitaciones y familiarizarse con algo o con Alguien que le dé respuestas convincentes. Las religiones proponen formas de relación con Dios, con el Absoluto, pero, bastantes veces no buscamos un lenguaje común y no encontramos respuestas, porque partimos de nosotros mismos, de nuestros ídolos, de nuestras precarias intuiciones e intereses egoístas.
Sí, hemos complicado a Dios, encerrándolo en nuestras elucubraciones y reduciéndolo a nuestros raquíticos esquemas. Pero, lo tenemos fácil si acudimos a Jesús. Él no solo nos ha hablado de Dios, sino que nos ha hecho entrar en relación con Él, un Dios al que llama Padre y de quien no solo podemos hablar, sino con quien podemos establecer un diálogo cercano, amistoso y sincero. La prueba, la tenemos en la oración del Padrenuestro. Por tanto, para comunicarnos con Dios, hagámoslo con el lenguaje que todos podemos entender, desde el más pequeño hasta el mayor, que es el lenguaje del amor, porque -como lo define san Juan- «Dios es amor» (1Jn 4,8).
Creemos que es así porque Dios ha sido el primero en amarnos (cf. 1Jn 4,10). Esta es la gran sorpresa que nos da Jesús cuando nos habla de Dios, su Padre y nuestro Padre, y nos promete su continua asistencia a través de su Espíritu. De esta manera, Jesús nos hace participar de un conocimiento que sobrepasa nuestras capacidades. Padre, Hijo y Espíritu Santo intervienen constantemente en nuestra vida, y lo hacen con una relación de comunión plena.
Creer en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra, es aceptarlo desde la limpieza, sencillez y bondad del corazón, desde la proximidad que nos regala su Hijo Jesucristo. Gracias a Él, lo conocemos, lo amamos y lo anunciamos como Aquel que llena de sentido nuestra vida y es fuente de esperanza para todos, sin distinción.
Creer en Jesucristo, su único Hijo y nuestro Señor, es acogerlo como amigo, escucharlo, hablarle, vivir como Él, tratar a los demás como Él, amarlos como Él hasta el extremo de un perdón cargado de misericordia, abriendo el corazón a lo más miserable.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, Dios presente en mi vida, Dios en mí, que ha tomado posesión de mi persona y me inspira interiormente para hacer el bien y luchar contra el pecado, la injusticia y todo mal, comunicando vida.
Toda la Trinidad presente, misterio de amor, de proximidad, de fraternidad, de solidaridad, de implicación mutua para vivir en comunión y ser signos visibles y creíbles de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo ante la gente, ofreciéndoles nuestro testimonio de amor.
















