Nos corresponde sembrar y cuidar, Dios es quien hace crecer
Jesús, desde su lenguaje expresado con la sencillez de las parábolas, nos habla de cómo Dios se va haciendo presente en nuestra vida de forma callada y eficaz. Se refiere a la siembra de algo que dará fruto abundante, casi sin el esfuerzo humano, por puro don de Dios, ya que la semilla sembrada «germina y crece sin que él sepa cómo». Esta semilla es la Palabra de Dios que fecunda la tierra y hará germinar todo lo que está sembrado. El Concilio Vaticano II lo expresa con estas palabras cuando se refiere a la misión de la Iglesia: «fecundar y fermentar la sociedad con el Evangelio» en la compleja red de las relaciones sociales. No se trata simplemente de llegar al hombre en la sociedad como destinatario del anuncio evangélico, sino de fecundar y fermentar la sociedad misma con el Evangelio» (cf. GS 40).
En todo ello hay un mensaje importante que hoy tenemos que acoger. El trabajo de la siembra es fundamental siempre, como también lo es el anuncio del Evangelio y toda obra de evangelización. No podemos dejar de hacerlo, debemos evangelizar en toda ocasión, sea de forma silenciosa o de forma explícita, con el testimonio y con la palabra. Pero, siempre con la convicción de que quien hace crecer la semilla y desarrollarse es Dios. Cuando Pablo, en su carta a los cristianos de Corinto trata de los predicadores, al servicio de Cristo, lo precisa con toda claridad: «Yo planté, Apolo regó, pero Dios es quien os hizo crecer. Aquí no valen para nada ni el que planta ni el que riega, sino que Dios os hace crecer […], nosotros trabajamos en la obra de Dios, y vosotros sois su cultivo, el edificio construido por Él» (1Co 3,6-9). Los cristianos tenemos que saber que nuestro papel es trabajar de firme y no desfallecer, porque en este ejercicio está el sentido de la vocación y de la misión que hemos asumido desde el Bautismo.
Toda actuación que reconoce la acción gratuita de Dios en ella ya de por sí es una siembra de vida cristiana, tanto por ser anuncio de palabra como testimonio. Es la confianza del sembrador que sabe que el resultado de su trabajo está en buenas manos. Con esta proyección de futuro llena de confianza podemos entender el alcance de la predicación del Reino de Dios contenido en el Evangelio, y nos alegramos de que llegará el momento de la siega, donde se recogerá el fruto de todo lo que se ha sembrado con esfuerzo. Lo que nos ha de preocupar, sin embargo, es sembrar bien y con generosidad, y sobre todo confiar en el que hace crecer.
Apliquémoslo a todos los aspectos de la vida, a cualquier circunstancia y relación humana con la que nos encontremos. Siempre podemos decir una palabra de ánimo, vencer prejuicios y dejar buena semilla sembrada. El papa Francisco nos invita: «La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que “Él nos amó primero” (1 Jn 4,19) y que “es Dios quien hace crecer” (1 Co 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo» (EG 12).
















