La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad. ¡Invoquemos la paz!
Estas son las palabras del papa Francisco dichas recientemente y ya pronunciadas en la encíclica Fratelli tutti el día de san Francisco de hace cuatro años: «Toda guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal» (FT 261). Las últimas noticias de Palestina, la tierra de Jesús, son terribles y alarmantes: más de 37.000 muertos, la mayoría mujeres y niños, personas al margen del odio y de la violencia, sujetos pacientes que pagan con su inocencia y sin que un mínimo de empatía y misericordia toque el corazón de los agresores. ¿Qué tiene de humana una conciencia que no para de hacer el mal, poseída por un espíritu que no piensa más que en destruir sin calibrar -y lo que es peor, sabiéndolo- la magnitud de un genocidio sin precedentes para el momento que vivimos?
La guerra está extendida a muchos otros países, bien cerca de nosotros entre Rusia y Ucrania. Con los mismos resultados, los mismos tonos dictatoriales y las continuas amenazas de no parar la violencia y producir cada día más muertes inocentes. Añadamos todos los demás países de los que no habla la prensa y que padecen una censura injusta que impide que se dé a conocer lo que realmente está pasando. «Prestemos atención –sigue el papa Francisco– a la verdad de esas víctimas de la violencia, miremos la realidad desde sus ojos y escuchemos sus relatos con el corazón abierto. Así podremos reconocer el abismo del mal en el corazón de la guerra y no nos perturbará que nos traten de ingenuos por elegir la paz».
Somos invitados a invocar la paz, a hacerla viva y presente entre nosotros, en el conjunto de todas nuestras relaciones personales, familiares, sociales, eclesiales, políticas y respeto del entorno natural que nos rodea y nos configura. Pidamos a Dios la paz como don de su misericordia. En la «invocación a la paz» en Tierra Santa del pasado 7 de junio, el papa Francisco nos dice que «la paz no se consigue solamente con acuerdos de papel o en las mesas de compromisos humanos y políticos. Nace de corazones transformados, surge cuando cada uno de nosotros es alcanzado y tocado por el amor de Dios, que disuelve nuestros egoísmos, rompe nuestros prejuicios y nos da el gusto y la alegría de la amistad […]. Estos son los atributos de Dios: una hospitalaria cercanía, la compasión y la misericordia. Dios es cercano, compasivo y misericordioso».
Con ello, quiere expresar el deseo de trabajar y comprometernos a que se llegue a una paz duradera, donde el Estado de Palestina y el Estado de Israel puedan vivir uno al lado del otro, derribando los muros de la enemistad y del odio, al mismo tiempo que nos preocupamos por Jerusalén, para que se convierta en la ciudad del encuentro fraterno entre cristianos, judíos y musulmanes, tutelada por un estatuto especial garantizado a nivel internacional.
La plegaria por la paz es una constante en todas las celebraciones de nuestras parroquias, comunidades, lugares de culto, familias, centros escolares, movimientos, asociaciones y grupos cristianos, junto con mucha gente de buena voluntad. La oración nos une, nos cohesiona, nos hace solidarios con los que padecen la violencia y quiere poner un brote de esperanza ante tanta desesperación y crispación. Con el Papa pidamos al Señor que los responsables de las naciones y las partes en conflicto puedan encontrar el camino de la concordia y de la unidad.
















