Comunidades acogedoras con la inmigración
Los cristianos, que queremos seguir a Jesús, decisión que constituye un aspecto fundamental de nuestra vida, no podemos olvidar aquellas palabras de Jesús, por las que seremos y somos constantemente evaluados: «Era forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). Queda bien escucharlo -e incluso repetirlo- como uno de aquellos hechos que más nos definen cuando tratamos de evaluar cuál es nuestro comportamiento en relación con tantos migrantes que salen de sus países por una infinidad de motivos y vienen a vivir entre nosotros. Reconocer en la persona del migrante la presencia de Jesús exige una fuerte dosis de fe y un reconocimiento de la dignidad del otro, a quien, quizás, todavía no conozco.
Es hora de continuar y promover una profunda conversión personal, sin la que sería inviable la necesaria renovación eclesial. Nos lo ha dicho con mucha insistencia el papa Francisco cuando nos ha presentado cuatro verbos que quieren definir nuestro trabajo en favor de los migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. Ello pide una nueva manera de actuar y de vivir, ya que supone un cambio de mentalidad que hoy exige superar aquellas inercias que impiden una actitud misionera respecto a toda persona que necesita ser acogida e integrada.
Como dice el documento de los obispos sobre la pastoral con migrantes, «ya no hablamos de pastoral de migraciones o para los migrantes, sino de una pastoral transversal con personas migradas, en una Iglesia en salida, donde cabemos todos, trabajando por proyectos y aprendiendo que la diversidad cultural nos hace vivir mejor la catolicidad y la fraternidad que ofrecemos a nuestros conciudadanos como signo de esperanza que prepara y anuncia el reino de Dios». Se trata, pues, de preguntarnos sobre cómo vivir la catolicidad de nuestra fe y cómo ser una Iglesia verdaderamente misionera. Este es el reto que tenemos delante y al que hemos de responder con equilibrio para ser una Iglesia inclusiva que, a través de la caridad y el amor, anime a la conversión del corazón, sobre todo entre los que se encuentran fuera de la Iglesia, ya sea por elección propia o porque nunca han escuchado el mensaje salvífico de Jesús. La integración, que no quiere decir asimilación, de las personas migradas en la Iglesia es uno de los signos de los tiempos eclesiales más claros.
Como recoge el citado documento que analiza la situación de la migración entre nosotros, cabe decir, en una primera observación, que las relaciones entre la población migrada y la nativa son cada vez más habituales. Aunque persiste aún un cierto distanciamiento y segregación, las redes sociales de ambas poblaciones se van integrando paulatinamente. No obstante, existen estudios de Cáritas que advierten sobre la conflictividad latente en algunos barrios y alertan en torno al desafío identitario de la segunda generación. En ocasiones, encontramos núcleos de migrantes, europeos o de otros continentes, agrupados en zonas de residencia donde se sienten más arropados, con el riesgo de aislarse en burbujas según procedencia, religión, posición económica o nacionalidad. Esta segregación socioeconómica y étnica de una parte de la población migrada puede aparecer como una dificultad para la inclusión o en otras ocasiones como una amenaza para la paz social. Por tanto -y en eso debemos trabajar juntos-, nos pide a todos un mayor esfuerzo para construir una sociedad más justa y fraterna, una verdadera cultura del encuentro. En posteriores ediciones seguiremos reflexionando sobre ello.
















