Creados por amor y para amar, necesitados de compañía
Os aconsejo leer íntegramente una carta encíclica de Benedicto XVI. Su título es Dios es Amor, sobre el amor cristiano. También, y como complemento necesario, la exhortación apostólica del papa Francisco La alegría del amor sobre el amor en la familia. Ambos textos glosan el misterio del amor como la más grande experiencia humana y cristiana que nos realiza como personas y nos da el gozo y la felicidad de vivir. «Si nos amamos, Dios está en nosotros, y en nosotros su amor es tan grande que ya no falta nada» (1Jn 4,12).
Dios nos ha creado porque nos ama y hemos sido creados para amar, para vencer la soledad y gozar de compañía. Así nos lo dice la Palabra de Dios en el primer libro de la Biblia, el Génesis, y con la mentalidad propia del que lo escribe: «No es bueno que el hombre esté solo. Le daré una ayuda que le haga compañía» (Gn 2,18). La ayuda llega como proyecto de igualdad y de complementariedad entre el hombre y la mujer y lo manifiesta así la expresión del hombre referente a la mujer: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23). Y concluirá así el texto: «Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y desde ese momento forman una sola carne» (Gn 2,24). Acaba la soledad, nace la compañía. Os hago partícipes de dos fragmentos de dicha encíclica.
Dejemos que intervenga el amor, que es la razón de fondo de esta compañía. Más aún si -como dice el papa Benedicto– «el amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros […]. El término “amor” se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes […]. No podemos hacer caso omiso del significado que tiene este vocablo en las diversas culturas y en el lenguaje actual […]. Recordemos el vasto campo semántico de la palabra “amor”: se habla de amor a la patria, de amor por la profesión o el trabajo, de amor entre amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y familiares, del amor al prójimo y del amor a Dios. Sin embargo, en toda esta multiplicidad de significados destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor» (Deus caritas est, 2).
Comentando el relato del Génesis, es muy iluminador lo que dice el papa Francisco: «Jesús, en su reflexión sobre el matrimonio, nos remite a otra página del Génesis, el capítulo 2, donde aparece un admirable retrato de la pareja con detalles luminosos […]. El primero es la inquietud del varón que busca “una ayuda recíproca” (vv. 18.20), capaz de resolver esa soledad que le perturba y que no es aplacada por la cercanía de los animales y de todo lo creado. La expresión original hebrea nos remite a una relación directa, casi «frontal» —los ojos en los ojos— en un diálogo también tácito, porque en el amor los silencios suelen ser más elocuentes que las palabras. Es el encuentro con un rostro, con un “tú” que refleja el amor divino […]. O bien, como exclamará la mujer del Cantar de los Cantares en una estupenda profesión de amor y de donación en la reciprocidad: “Mi amado es mío y yo suya […] Yo soy para mi amado y mi amado es para mí”» (2,16; 6,3) (Amoris laetitia, 12). Acaba diciendo que «de este encuentro, que sana la soledad, surgen la generación y la familia» (ibid. 13). Por eso, para nosotros, el referente será siempre el amor de Jesús -la caritas– que es el amor con que Dios nos ama y que es el camino que nos pide que recorramos.


















