¡Estad siempre alegres! Que vuestra mesura la conozca todo el mundo

Bastantes veces alguien se pregunta si en estos momentos hay espacio para la alegría. No estamos bastante seguros de que nuestra forma de estar alegres concuerde con la que nos propone la Palabra de Dios. Hoy es el tema clave de este tercer domingo de Adviento, precisamente cuando tenemos más necesidad de que alguien nos recuerde que no tiene ningún sentido vivir en la angustia, el desánimo o la tristeza, sino en la alegría y la bondad del corazón. Todo cambia cuando aparece la alegría que brota del encuentro con Jesús y de vivir el Evangelio.

¿Cómo unir la alegría con la vivencia de un pueblo que espera lleno de fe el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios? Celebrar con alegría la Navidad, y poniendo a Jesús en su centro, nos introduce en el misterio del amor que Dios nos manifiesta, dándonos a Jesús, su Hijo. Por tanto, esta alegría es fruto del amor, no de la bebida o de cualquier otra juerga. Hay una gran diferencia con la auténtica alegría, cuando la buscamos por otros lugares que nos despersonalizan.

La auténtica alegría es mucho más que sentimientos o emociones, una vivencia que es infinitamente más que un bien psicológico. Por eso, hoy, se nos ofrece poder conocer a fondo de dónde viene la alegría que puede llenar del todo nuestra vida. La alegría por el nacimiento de Jesús proviene de Dios mismo y es un fruto del Espíritu que tenemos que aceptar, trabajar y comunicar, como lo explica san Pablo (cf. Ga 5,22-23). Es bueno que situemos la alegría en este contexto para hablar de autenticidad. Así, podemos ver la alegría como el resultado de acoger la acción del Espíritu Santo en la propia vida, como lo hizo María cuando el ángel la saludó así: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). La razón de la alegría está aquí: ¡el Señor está contigo! Y María -dice el Evangelio- responde exultante de gozo.

La verdadera alegría nos hace personas de buen trato y se manifiesta en el esfuerzo por la igualdad, la humildad, la proximidad eficaz hacia los más pobres para sacarlos de su situación. Hay que introducir el espíritu del Evangelio, que abre perspectivas de esperanza y alegría para los que más sufren. Fijémonos en la reacción de los que admiran a Juan Bautista cuando les pide la conversión, le preguntan: «entonces, ¿qué hacemos?». La respuesta no necesita comentarios de tan concreta que resulta: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene, y el que tenga comida, haga lo mismo…» (Lc 3,11).

Nos edifica como el testimonio de muchos también incluye la alegría en medio del sufrimiento, la enfermedad, la persecución, la calumnia y cualquier otro contratiempo. Jesús, ante eso, pide estar alegres y dice: «Dichosos vosotros cuando, por mi causa, os ofendan, os persigan y os calumnien: alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo» (Mt 5,11-12). Valoremos la alegría, y aprendamos de ellas, de un enfermo, de la valentía de un perseguido, del ardor apostólico del que sufre oposición o indiferencia, de la madurez de todos aquellos que, a pesar de las dificultades, son signos sensibles de que el Reino de Dios ya está entre nosotros. Vivimos fuertes contrastes entre la decepción de muchos y la alegría que otros contagian con su testimonio sencillo de amor y buen trato. Para ellos, la alegría es una fuerza interior, un fruto del Espíritu que se expande, esparciendo felicidad a su alrededor y doquiera.

Sants del dia

18/06/2026Sants Marc i Marcel·lià, sant Leonci, sant Gregori Barbarigo.

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