Los cristianos, ¿qué hacemos más que los otros?

En momentos de bajo vuelo, hay quien vive una especie de nostalgia que proviene de creerse que los cristianos no somos del todo como los demás. A menudo buscamos justificación a comportamientos que no son estrictamente «cristianos» y llegamos a la conclusión de decir: «y, ¿por qué ser cristiano, si al fin y al cabo todos hacemos lo mismo?» Esta pregunta no deja de ser un mecanismo de defensa que pretende poner de manifiesto la debilidad de nuestra manera personal de vivir en cristiano; es una sensación que puede aparecer en cualquier momento. Una actitud inmadura busca encontrar razones para no profundizar en lo que realmente nos identifica como seguidores de Jesús.

Como esta, probablemente nos formulamos muchas otras preguntas. Preguntas que en otro tiempo eran más propias de los jóvenes y que ahora han pasado a ser patrimonio de todas las edades, seguramente por lo del crecimiento siempre inacabado o por la ignorancia religiosa, signo de infantilismo, también religioso. Preguntas como: ¿puedo ser cristiano sin ir a misa?, ¿puedo ser cristiano a mi manera?, ¿es cierto que hay no creyentes que se comportan mejor que muchos cristianos? Por ello, ¿qué hacemos de más, nosotros?, ¿qué plus nos identifica?

Jesús nos señala muy clara y muy radicalmente el punto más álgido, la llegada, pero también quiere acompañarnos durante el camino; por eso es tan importante el camino hacia la madurez y recorrerlo paso a paso. Los itinerarios de la catequesis de adultos, de la catequesis familiar, de jóvenes, y de toda otra formación que bebe de la Palabra de Dios, quieren ayudar a que sea un hecho la madurez cristiana que nos debe definir hoy a los adultos, precisamente en un momento en el que es del todo necesario el diálogo con la cultura, la increencia y otras opciones religiosas. Esta es la misión evangelizadora de la Iglesia y los cristianos tenemos que sentirla y vivirla como algo propio que nos identifica como exigencia bautismal.

El proceso de crecimiento en la fe viene imperado por el seguimiento incondicional de una persona que es Jesucristo. Esta es la razón de la gratuidad en el amor. Cuando se trata de aquellos imperativos evangélicos: amar hasta el extremo, hacer el bien a todo el mundo, bendecir, orar, perdonar, significa hacerlo como lo hace Jesús. Es la consecuencia del «amaos los unos a los otros, tal como yo os he amado» (Jn 15,12). El amor a Jesucristo y a los demás crea una nueva perspectiva en relación a su seguimiento. Este es el distintivo cristiano, no estrictamente los hechos, ya que estos pueden ser exactamente iguales a los de tantas personas de buena voluntad que trabajan por un mundo justo, hasta rehacer las relaciones humanas llegando a amar a los enemigos, a orar por los que nos desean el mal, como dice el Evangelio en Mt 5,44.

El entusiasmo por la persona de Jesús es capaz de darnos a entender lo que hay de mediocre en nuestra vida y lo que puede haber de extraordinario, como es el amor que no excluye a nadie y que es llevado hasta el extremo. Para ello nos llena de su Espíritu Santo, que nos empuja a dar testimonio de Él. El «hacer» ha de ser una consecuencia coherente del «ser». «Si amáis solo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?». Jesús dice: «Haced a los demás lo que queréis que ellos os hagan […] Sed compasivos, no juzguéis, no condenéis, absolved» (cf. Lc 6, 27-38). He aquí la exigencia de la donación, el valor de la gratuidad, la decisión de confiar. Hacer el bien solo puede depender de la libertad de los hijos de Dios, siempre conectada con el amor. El distintivo es amar hasta el extremo, como lo hace Jesús. Este es nuestro modelo.

Sants del dia

18/06/2026Sants Marc i Marcel·lià, sant Leonci, sant Gregori Barbarigo.

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