¿Para quién soy? ¿Cuál es la orientación vocacional de mi vida?
Tenemos que responder, nos va en ello el sentido de la vida, de nuestro ser cristiano y de la actividad humana que llena las horas, los días y los años. En el fondo, debo preguntarme: ¿para quién soy? En un mensaje enviado al Congreso de Vocaciones, en el que hemos participado en Madrid todo un grupo de Mallorca junto con más de tres mil participantes, el papa Francisco ha dicho que «en la oficina, en la familia, en el apostolado, en el servicio, lleven a Dios allá donde Él les envíe, esta es nuestra vocación».
En la Carta de Cuaresma publicada el Miércoles de Ceniza, he querido plantear en ocasión del Día del Seminario 2025 la pregunta «¿para quién soy?», que ha constituido el lema del Congreso de Vocaciones. En la revista Vida Nueva he leído estas diez respuestas: «Para el Señor y para los demás» (Maria Jesús). «Para Jesucristo» (Juan Gabriel). «Para el Señor, porque es el Señor el que me ha llamado, el que da sentido a mi vida. En Él he puesto toda mi confianza» (Ana). «Para el Señor…» (Manuel). «Estoy en camino para descubrirlo, pero la intuición que me hace estar aquí es que soy para Cristo» (Juan). «Para el Señor. Nacemos y morimos para Él» (Balbina). «Para Jesucristo y para nuestros hermanos que necesitan escuchar esta llamada, sabiéndonos miembros de una Iglesia» (Josep Lluís). «Para los demás» (Rodrigo). «Para el Señor. He sido llamada para llamar» (Natàlia). «Para los demás. Mi vida tiene sentido en la medida que me entrego al otro» (Marina). Y, ahora la pregunta directa, y tú, que ahora acabas de leerlo, conviene que respondas: «¿para quién soy?».
Debemos tener en cuenta que el primer planteamiento vocacional es el de la vocación cristiana. Cuando decimos que hay crisis de vocaciones, tenemos que preguntarnos si la crisis es de vocación cristiana, lo cual significa que es lo primero que tenemos que trabajar. Nos va en ello el papel fundamental y decisivo: la familia, la catequesis, la escuela, la parroquia, el testimonio cristiano de los adultos que viven con gozo su vocación.
En el momento de concretar, sin embargo, cuando alguien se siente llamado, hay que ayudarle a discernir y tomar la consiguiente decisión. Ello exige una fuerte dosis de confianza y valentía, asumiendo el riesgo que supone, pero teniendo siempre el convencimiento de que es Dios el que acompaña y nunca encarga una misión sin dar la fuerza para llevarla a cabo. Por eso es importante el acto de fe, es decir, no preguntarse solamente qué quiero ser en la vida, sino qué quiere Dios que yo sea. Es importante que haya quien ayude a hacer este discernimiento vocacional a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes, que son los que más necesitan que alguien esté a su lado y los acompañe.
Preguntémonos ante Dios, personalmente y como colectivo de Iglesia, qué hacemos para ayudar a descubrir la vocación desde la propia vivencia vocacional desde el matrimonio, desde el sacerdocio y el diaconado, desde la vida consagrada, desde tantas experiencias concretas en la acción caritativa y social, desde una experiencia de servicio y de voluntariado, o desde una vocación misionera y de presencia laical donde tenemos que hacer presente el Evangelio. El papa Francisco dice que «en el discernimiento de una vocación no hay que descartar la posibilidad de consagrarse a Dios en el sacerdocio, en la vida religiosa o en otras formas de consagración. ¿Por qué excluirlo? Ten la certeza de que, si reconoces un llamado de Dios y lo sigues, eso será lo que te hará pleno» (Francisco, Cristo vive, 276). Trabajemos las vocaciones y oremos para que haya generosas respuestas.
















