De la confusión de lenguajes sin amor, ¡al amor que hace que nos entendamos!

Nuestra asamblea cristiana, siguiendo el ejemplo de la que reunió a los primeros discípulos en Jerusalén el día de Pentecostés, se pone de nuevo a disposición de la acción del Espíritu Santo en ella. Necesitamos su aliento, sus dones, su fuerza. Deseamos confiar en Dios y decirle: «¡Abbà!» (¡Padre!). Queremos seguir escuchando las palabras de Jesús y que sea el Espíritu Santo «el que nos haga recordar todo lo que él nos ha dicho y nos lo haga entender».

Nos encontramos antes que nada con un programa de vida que merece que estemos siempre disponibles a la acción del Espíritu Santo, el cual, con su aliento de vida, presente y actuante en nuestro interior y en la Iglesia, inspira nuestra actuación en el mundo. El papa León XIV ha dicho que «uno de los desafíos más importantes es el de promover una comunicación capaz de hacernos salir de la “torre de Babel” en la que a veces nos encontramos, de la confusión de lenguajes sin amor, frecuentemente ideológicos y facciosos. […] La comunicación, de hecho, no es sólo trasmisión de informaciones, sino creación de una cultura, de ambientes humanos y digitales que sean espacios de diálogo y de contraste. […] Pienso, particularmente, en la inteligencia artificial con su potencial inmenso, que requiere, sin embargo, responsabilidad y discernimiento para orientar los instrumentos al bien de todos, de modo que puedan producir beneficios para la humanidad. Y esta responsabilidad nos concierne a todos, de acuerdo a la edad y a los roles sociales» (a los medios de comunicación reunidos en Roma en ocasión del cónclave, 12-V-2025). En el Plan diocesano de Pastoral hemos manifestado en comunión querer hacerlo realidad.

Así como los primeros cristianos, reunidos en el cenáculo, experimentaron una profunda transformación en sus vidas por la irrupción del Espíritu Santo e inauguraron un nuevo estilo de comunicación, radicalmente opuesto a Babel, igualmente nosotros podremos experimentar lo mismo si estamos unidos. Es la comunión en el amor, es el lenguaje de la sencillez evangélica. Por eso, una comunidad unida recibe los dones del Espíritu que la convierten en capaz de contemplar la vida, las personas y toda realidad desde Dios y su amor misericordioso.

Fijémonos en el regalo que significan los siete dones del Espíritu. El don de sabiduría, que nos da el gusto por las cosas de Dios. El don de entendimiento, que nos capacita para entender qué esperanza tenemos. El don de ciencia, que nos hace profundizar en el misterio de Cristo y vivir el Evangelio. El don de consejo, que hace que escuchemos a Dios antes de hablar de Él y con Él. El don de fortaleza, que nos hace fuertes en las dificultades y persecuciones. El don de piedad, que nos comunica el sentimiento profundo de sentirnos hijos e hijas de Dios. El don del temor de Dios, que hace que lo reverenciemos como expresión del amor. Estos dones del Espíritu Santo son una manifestación de la acción de Dios en nosotros, en la Iglesia y en el mundo que nos ha llegado por la resurrección de Cristo. Tengo que poder decir, como san Pablo, «ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

Estamos, pues, ante la alternativa de vivir según el Espíritu o sin Él. Como dice el patriarca Ignacio IV Hazim, «sin el Espíritu, Dios es lejano; la Iglesia, una simple organización; el Evangelio, letra muerta; el culto, una evocación; la autoridad, un dominio; la misión, una propaganda. Pero con el Espíritu, todo el universo se desvela y gime con el dolor del Reino; Jesucristo resucitado se hace presente; el Evangelio es fuente y fuerza de vida; la Iglesia significa comunión trinitaria, la liturgia, memoria y anticipación de futuro; la autoridad, un servicio liberador; la misión, un Pentecostés; el actuar cristiano, cada vez más divino».

Sants del dia

17/06/2026Sant Diògenes, sants Nicandre i Marcià, sant Rainer.

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