Hechos para ser «imagen» de Dios, que es comunión de amor

El corazón humano es un corazón inquieto. Tiene sed de plenitud, de amor, de comunión, de felicidad. Con todo, sabemos por experiencia que esta sed tiene que orientarse hacia aquella fuente que, con su agua viva, puede llegar a saciarla del todo. Por ello es necesaria la fe, que nos abre a aquella fuerza interior –el Espíritu de Dios– que da «acceso a esta gracia en que estamos» (Rm 5,2). Todo es don, presencia de Dios gratuita y gratificante, porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5). Esta es la buena y gran noticia de la fiesta de la Santísima Trinidad, la fiesta de la comunión en el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, amor que nos ha sido comunicado y del que participamos.

Debemos agradecer que Dios se haya dado a conocer, que sepamos que es un Dios que se caracteriza por su iniciativa en el amor y por poder experimentar nosotros el gozo de ser amados por Él. Podemos decir con certeza: ¡hemos conocido el amor que Dios nos tiene! Su amor es fuente de comunión entre nosotros y, gracias a Jesús, vivimos cada día su proximidad en cualquier circunstancia de la vida, tanto en los momentos favorables como en los adversos.

Por ello, una vez más somos invitados a la confianza en que el proyecto de amor de Dios sobre la humanidad llegará a su cumplimiento. Será así porque es totalmente obra suya. Nuestro esfuerzo tiene que orientarse hacia la consecución de un mundo de relaciones humanas imperadas por el amor, una sociedad en la que la convivencia sea el resultado de un trabajo solidario a favor de los más necesitados, unas familias en las que el amor, la confianza, la comprensión y el perdón son el clima diario de buen entendimiento y fuente de felicidad. Debemos ser «icono» de la Trinidad para que el mundo crea. Demos gracias a Dios, porque nuestra vida tiene la vocación de ser un signo vivo de su amor, un reclamo de confianza y una palabra de esperanza, ya que «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5).

La fe en Dios Creador nos abre una ventana al infinito, que nos permite descubrir la belleza de la obra de sus manos, y, a la vez, una ventana a nuestro corazón para captar la ternura de su amor en nuestra más íntima intimidad. Podemos contemplar, así, la vida de un cristiano cuando, en la persona de Jesucristo, hemos recibido el don de la fe que nos permite contemplarlo todo con nuevos ojos, los de la Resurrección. Lo vemos en la fracción del pan, como los discípulos que dejan que Jesús converse con ellos, encienda su corazón y se encuentren con la agradable sorpresa de verlo todo con «otros» ojos.

Tenemos que reconocer, como dice la Carta de Taizé, que «la presencia de Dios es un aliento que se extiende por todo el universo, es un impulso de amor, de luz y de paz sobre la tierra. Animados por este aliento, se nos empuja a vivir una comunión con los demás y somos llevados a hacer realidad la esperanza de una paz en la familia humana, haciendo que esta paz y esta esperanza resplandezcan a nuestro alrededor». Si le dejamos actuar, el Espíritu Santo lo hace en nosotros, purificando y orientando de nuevo la mirada. Así, la contemplación de todo lo que nos rodea puede esparcir un nuevo resplandor que nos infunda admiración y sea fuente de vida nueva. ¡Oremos siempre en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, comunión de amor también en nosotros!

Sants del dia

18/06/2026Sants Marc i Marcel·lià, sant Leonci, sant Gregori Barbarigo.

Campanyes