Estar unidos, vivir en comunión, nos hace creíbles
Es impresionante contemplar cómo ora Jesús. Su obsesión es la unidad, la nuestra y con Dios, que es su fundamento. Lo dice así: «Que todos sean uno, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). La finalidad de la unidad entre nosotros es que seamos causa de buen entendimiento, de escucha mutua y de comprensión en nuestras relaciones humanas. Unidad de corazón, de proyectos, de intenciones, de todo lo que nos tiene que dignificar y ayudar a relacionarnos como personas de buen trato. Si lo hacemos así, es para hacer frente a la dispersión, a las desavenencias, a las rupturas, a lo que nos separa y nos aísla. Es triste padecerlo cuando nos afecta de cerca y toca a familias y amigos, a personas que han vivido la gratificante experiencia de amarse y compartir vida.
El papa León XIV, desde el primer momento, dio esta consigna para que la hiciésemos nuestra: amor y unidad. Dijo: «vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia. Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro. Nos lo narra ese pasaje del Evangelio que nos conduce al lago de Tiberíades, el mismo donde Jesús había comenzado la misión recibida del Padre: “pescar” a la humanidad para salvarla de las aguas del mal y de la muerte. Pasando por la orilla de ese lago, había llamado a Pedro y a los primeros discípulos a ser como Él “pescadores de hombres”; y ahora, después de la resurrección, les corresponde precisamente a ellos llevar adelante esta misión: no dejar de lanzar la red para sumergir la esperanza del Evangelio en las aguas del mundo; navegar en el mar de la vida para que todos puedan reunirse en el abrazo de Dios».
Después de una semana dedicada a orar por la unidad de nuestras iglesias y comunidades cristianas, nos puede venir bien pensar cómo crear esta unidad empezando por nuestro corazón, la unidad en uno mismo viviendo reconciliado, siguiendo con la realidad de cada una de nuestras familias, tantas veces deshechas por prejuicios o historias que nunca encuentran la solución del arrepentimiento y del perdón. Pensemos en la necesaria unidad en nuestras parroquias y grupos cristianos, donde el ejercicio debe ser crear vínculos que nos den el gozo de vivir en comunión, trabajando juntos y haciendo el bien sin división ni dispersión. Un gran deseo, el de una Iglesia de hermanos, signo de unidad y comunión, que se convierte en fermento para un mundo reconciliado.
Y, desde esta visión esperanzada, mirar con amor el mundo que nos rodea, el de más cerca y el de más lejos, justo en un momento de discordias, de muchas heridas causadas por el odio, por el dominio de unos sobre otros, un momento de intranquilidad, de violencia organizada, de miedo a lo que es diferente, de una economía que explota los recursos de la tierra, que favorece a unos pocos que se enriquecen y provoca la marginación de los más pobres, que no llega a solucionar el grave problema de la vivienda ni la acogida digna de la migración. En esta situación que nos toca vivir y también padecer, tenemos que hacer caso de Jesús y de su propuesta de amor para formar una sola familia y construir una sociedad en paz, poniendo todos los medios que estén a nuestro alcance y con la convicción de que nos envía. Por algo Jesús dice en el Evangelio: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres» (Mt 4,12-23). Por algún motivo, el Evangelio recoge la reacción de los discípulos y su resultado: «Inmediatamente dejaron las redes y se fueron con él». Y nosotros, ¿qué?
















