Id e invitad, ¡no esperéis solamente a que vengan!

Es este un gesto inconfundible de una Iglesia en salida, rociada por el encuentro o reencuentro con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad y nos rescata del aislamiento y de la autoreferencialidad (cf. EG 8). Necesitamos salir e ir a invitar a vivir el gozo de pertenecer a una comunidad de personas que se acogen mutuamente, se aman y trabajan caminando juntos. Hoy, especialmente, nos lo pide la Iglesia en la Jornada del DOMUND. No olvidemos que todo cristiano es misionero por el solo hecho de ser cristiano, y ser misionero lo define. Extender el Evangelio, contagiarlo con nuestra manera de hablar y de vivir es la labor de cada día, unidos por una misma misión recibida de Jesús. Y haciéndolo siempre con gozo y benevolencia, sin coacción ni proselitismo, con proximidad, compasión y ternura.

Los momentos que vivimos no son fáciles, cuesta ir e invitar… Se está más en la dulzura de la comodidad, en el absentismo en todo para no complicarse la vida, en la indiferencia como el peor mal que nos corrompe, en el individualismo que impide compartir cualquier proyecto comunitario, en la desconfianza hacia una llamada a vivir la sinodalidad y el trabajo en equipo, en comunidades pastorales donde nos necesitamos para no desfallecer en la soledad padecida y no gozada. Pero Jesús nos pide ir e invitar, nos dice que vayamos a aquellos hermanos y hermanas nuestros que se han marchado, que han dejado la fe y la comunidad cristiana y no tienen a nadie que se acerque a ellos, que les pregunte cómo están y se interese por su vida y los motivos de su alejamiento. Hay que decidirse por un nuevo estilo de relación humana, donde los valores del Evangelio entran en juego y mueven los corazones a una rehabilitación personal. La misión es este acercamiento, este romper la frialdad de una relación perdida e incluso olvidada.

Ante la invitación a caminar juntos, la voz del papa Francisco se ha hecho oír con fuerza cuando ha dicho que «conocemos la belleza y la fatiga del camino. Lo recorremos juntos, como pueblo que, también en este tiempo, es signo e instrumento de íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Lo recorremos con cada hombre y cada mujer de buena voluntad y para todos ellos, pues en cada uno de ellos trabaja invisiblemente la gracia. Lo recorremos convencidos de la esencia relacional de la Iglesia, cuidando que las relaciones que nos han sido donadas y encomendadas a nuestra responsable creatividad sean siempre manifestaciones de la gratuidad de la misericordia. Alguien que se dice cristiano y no entra en la gratuidad y en la misericordia de Dios es simplemente un ateo disfrazado de cristiano. La misericordia de Dios nos hace confiables y responsables» (del discurso de apertura de la segunda sesión del Sínodo).

Es un gozo ver que en el Aula sinodal no solo están presentes los obispos, sino que además hay presbíteros, laicos y laicas, religiosos y religiosas, signo de una presencia viva del Pueblo de Dios que camina unido en la diversidad y nos enseña a hacerlo en nuestras diócesis, reproduciendo así este espíritu sinodal que nos pide a todos y a cada uno la conversión personal para que sea un hecho la conversión pastoral. El objetivo será haber respondido entre todos a la pregunta «cómo ser Iglesia sinodal misionera y misericordiosa». Será necesario, por tanto, tener presente la mutua implicación de todos en hacer realidad este «id e invitad…», pensando que el anuncio de la salvación tiene necesidad de todos y de que todos sean escuchados. «No olvidemos -dice Francisco- que el Espíritu es la armonía […], una armonía existencial». Por ello desea a todos una «apertura que sea disponible a la acción del Espíritu Santo, nuestro guía seguro, nuestra consolación».

Sants del dia

18/06/2026Sants Marc i Marcel·lià, sant Leonci, sant Gregori Barbarigo.

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