Dia de la Iglesia Diocesana. Juntos en la misma barca
Hace ya años que escribí, en una ocasión como ésta, la siguiente convicción: «Me gustaría que habláramos de la Iglesia como algo propio, como algo muy familiar, algo con lo que me identifico, algo que se traduce en un «alguien» colectivo, en una comunidad viva de hombres y mujeres que creen en Jesús y fundan en Él su amistad y contagian fraternidad. Me gustaría que lo hiciéramos desde nuestra implicación. Y desde nuestra implicación amable, constructiva, corresponsables en la expresión de su identidad y en plena comunión con su misión en la historia y en el mundo de hoy».
Seguimos con la misma intención. Se trata de poner de relieve la importancia de tener conciencia de pertenecer a la Iglesia, lo cual significa la implicación de cada bautizado en la edificación de nuestra comunidad más cercana, como es la parroquia y la diócesis a la que pertenecemos y nos sentimos muy orgullosos de serlo. Hemos sido elegidos para ser santos, como dice Pablo a los primeros cristianos, y hoy lo escuchamos como dirigido a todos nosotros, que hemos asumido la responsabilidad de vivir a fondo nuestra fe y el compromiso de impregnar de Evangelio nuestra sociedad.
En mi reciente Carta Pastoral 2025 he querido poner de relieve lo que durante más de cuatro años hemos ido trabajando en nuestra diócesis de Mallorca participando en el Sínodo de la Sinodalidad a nivel de toda la Iglesia, y preparando durante más de año y medio el Plan diocesano de Pastoral que lanzamos ya al principio de este año, todo para hacer realidad lo que durante tanto tiempo hemos dialogado y aportado para hacerlo actuación pastoral en nuestra Iglesia particular. Este ejercicio de sinodalidad nos ha ayudado y nos está ayudando a vivir una experiencia de comunión que proyecta el futuro de nuestra acción pastoral dirigida a muchos aspectos que hay que trabajar cada día.
Viviendo como Iglesia, estamos navegando en un mismo barco recorriendo juntos un mismo camino. Hemos comenzado a avanzar juntos con la esperanza de que la unidad en la oración refuerce la esperanza de una Iglesia en salida, abierta al mundo y que vive en medio de él. Cada vez estamos experimentando más la necesidad de comunión y que ir solos, cada uno por su cuenta, no sirve de nada, ya que, cuando se vive individualmente, padecemos la frustración de habernos embarcado sin rumbo. Con todo, estamos en un mismo barco y no podemos evadirnos de la responsabilidad que hemos contraído. Un día dijimos «sí» a Jesús y este «sí» perdura y se mantiene firme siempre que estemos dispuestos a seguirlo y hacer de su Evangelio nuestro espíritu y hoja de ruta y que, confiados, nos lancemos «mar adentro».
















