Dar gloria a Dios, la actitud cristiana que Jesús pide

Contemplamos hoy en el Evangelio una escena inusual: 10 leprosos salen al encuentro de Jesús y claman: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros» (cf. Lc 17,11-19). Es una plegaria realizada desde la marginación física más repelente: enfermedad contagiosa, castigada con el rechazo social, condenados a vivir «físicamente fuera» del pueblo. Jesús los acoge y los cura a todos, pero solo uno se queda para dar gracias y le dice: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado». Estas palabras invitan a caminar con una actitud nueva: el agradecimiento que conduce a dar gloria a Dios.

Con la recuperación que provoca, Jesús formula tres preguntas que van más allá de la situación de marginalidad detectada en el Evangelio. Jesús no da la salud para recibir el reconocimiento popular, siempre fácil de suscitar, sino para que se dé gloria a Dios. Espera que, después del gesto que los ha recuperado para la integración social, toda persona pueda reconocer libremente cuál es el misterio que ha entrado en su vida y qué gesto de acogida y de amor le ha retornado la salud. En otras palabras, para Jesús, no basta con acercarse a la gente, aunque reconozcan el bien que reciben, sino que tienen que llegar a la comprensión del Dios que es Amor y agradecerlo.

Jesús quiere que aprendamos a dar el salto hacia la confianza. Espera de nosotros que pasemos del signo a la fe, pero con la particularidad de que debe ser una fe «agradecida», que «dé gloria a Dios». 10 leprosos son curados y, con todo, solo uno ha vuelto para agradecer la curación y dar gloria a Dios. Por eso, Jesús pregunta: «Los otros nueve, ¿dónde están?». Valora el agradecimiento del extranjero, la gloria que da a Dios, la fe que lo ha salvado, mientras que los que mejor podían entenderlo han desaparecido entre la indiferencia y el olvido. «¡Dar gloria a Dios!». Esta es la nueva actitud del Reino que nos abre a la dimensión de la fe. Jesús quiere decirnos que la iniciativa de la curación viene de Dios y es expresión de su voluntad, y no fruto de nuestras exigencias.

Jesús también nos extiende su mano a nosotros, para curarnos. Pero, con humildad, tenemos que ser capaces de dar el paso de la conversión desde una autocrítica personal, familiar, religiosa, eclesial, institucional y social. Los vacíos que encontramos necesitan ser llenados con la oración agradecida que, como aliento espiritual, pone de nuevo en comunicación todo el circuito de la vida cristiana. Tenemos la necesidad de revalorizar de nuevo la vida interior, redescubrir así la necesidad de una mística para nuestro tiempo. El reto que tenemos siempre ante nosotros es el encuentro con Jesucristo, el único que puede curarnos si nos acercamos a Él con fe.

Solo el lenguaje del corazón unifica. El extranjero que regresa para dar gloria a Dios ha sabido entrar en el misterio y se ha abierto a una experiencia espiritual. Ha decidido orar, y hacerlo con la plegaria más pura, más humilde y más agradecida. Debemos hacer desaparecer la agresividad en las palabras, en el trato, en una persistente crítica sistemática a las personas, y dar el paso decisivo hacia una comunicación más íntima con Dios y con los demás animada por el gozo de escuchar y la felicidad de amar. La persona que ora renueva cada día los sentimientos más profundos y las reacciones más humanas, para que en el contacto interpersonal pueda aparecer mejor el avance de la comunión y no el retroceso de la necedad. Invirtamos tiempo en ello. La vida diaria es el lugar privilegiado de esta experiencia nueva.

Sants del dia

17/06/2026Sant Diògenes, sants Nicandre i Marcià, sant Rainer.

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