El Bautismo, nuestra mejor denominación de origen
Celebrando, como cada año por este tiempo, la fiesta del Bautismo del Señor, no podemos dejar de referirnos a este acontecimiento de nuestra vida que tuvo lugar el día de nuestro bautismo. Algo tan importante como el día en que nuestra vida cristiana empezó su camino. Como Juan, el discípulo de Jesús, que incluso recuerda la hora de su primer encuentro con Él, ¿recordamos a qué día y a qué hora tuvo lugar nuestro bautismo?
Siendo el bautismo el primer encuentro con el Señor, ¿valoramos y vivimos su verdadera dimensión? Tan acostumbrados a celebraciones, ¿qué lugar ocupa en mi vida el aniversario de mi bautismo? Su recuerdo, ¿me anima a seguir a Jesús como Señor de mi vida? ¿Intensifica mi sentido de pertenencia a esta familia, la Iglesia, que me ha acogido y me acompaña? Hacer memoria de él me da la oportunidad de revivirlo y agradecerlo como don, y de ser coherente en la perseverancia de una fe siempre en crecimiento.
El Bautismo es la experiencia que fundamenta mi dignidad como cristiano: soy hijo de Dios, tal como lo dice san Juan en el prólogo de su Evangelio: «no nacen por descendencia de sangre, ni por deseo de carne o de voluntad humana, sino de Dios mismo» (Jn 1,13). Gracias a la encarnación de Jesús, nos encontramos ante nuestra mejor denominación de origen, la que tiene su raíz y fundamento en Dios: hijos de Dios en el Hijo por la acción del Espíritu Santo en nosotros. Ved lo que dice Jesús: «vendremos a vivir con él» (Jn 14,23), refiriéndose a cada uno de nosotros. Es lo mejor que podía pasarnos: adquirir esta máxima dignidad y ser aceptados en la comunión de una Iglesia que es comunidad de hermanos.
Apliquémonos estas palabras de Isaías: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones» (Is 42,1). Esta visión profética nos remite a Jesús en su bautismo. Dios nos revela su predilección y nos pide que lo escuchemos: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto» (Mt 3,16). Dios también ha pronunciado estas mismas palabras sobre cada uno de nosotros en el momento del bautismo, porque, como en Jesús, su Espíritu también se ha hecho presente en nuestra vida y nos ha transformado y le ha dado una orientación totalmente nueva por la fe, y nos ha abierto el camino de la salvación. ¡Siempre tendremos que dar gracias por ello!
Esta es la mejor noticia: participamos de la misma filiación que Jesús, de ahí nuestra identificación con Él y la fuente de nuestro compromiso bautismal de hacerlo presente en la misión de «pasar haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo» (Ac 10,38). Pasar haciendo el bien y dando la salud es la respuesta del compromiso que brota de la unción recibida en el bautismo y superando cualquier diferencia, como nos lo dice san Pedro: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Ac 10,34-35). La práctica de la justicia, la construcción de la paz, la práctica del bien y dar la salud resumen aspectos importantes de la misión social que la Iglesia tiene encomendada y que nos encarga a los bautizados poner en práctica por la fuerza del Espíritu Santo.
















