El «sí» creyente de una mujer, María, que ha reorientado a la humanidad hacia Dios
Querer ser el centro de todo, pretender ser su origen y su destino, la razón de todo: he aquí la máxima tentación de la egolatría que desplaza a Dios. Cuando llegamos a pensar que no necesitamos a Dios para nada, optamos por la máxima soledad. Este es el pecado de origen y sus graves consecuencias son cada día más evidentes, si se persiste en la negación, en el olvido o la indiferencia. Dios siempre está al lado del hombre, aunque el hombre no le corresponda de la misma manera. Hablar de ruptura con Dios es hablar de pecado, es decir, de aquella actitud que, por voluntad propia, nos mantiene alejados de Él.
Sin embargo, nuestra fe nos conduce a Dios que es Amor. El Dios que crea porque ama y es el fundamento y la explicación de todo. Ahora podemos entrever el peligro que significa la pretensión de decirle a Dios: «no te necesito, no me haces falta». Las primeras páginas de la Biblia nos hablan de este drama humano en el momento en el que el hombre se ha descentrado del que lo ha creado y es su origen. El hombre se ha situado fuera de la amistad de Dios, por eso Dios le pregunta: «¿Dónde estás?» (Gn 3,9). Desobedecer a Dios significa huir de su mirada de amor y querer administrar por cuenta propia la existencia y la actuación en el mundo. El hombre ha quedado atrapado en la mentira y el engaño, y tiene que recorrer a la disculpa para evadir toda responsabilidad.
Si desde un principio fue así y siempre hemos padecido las consecuencias, ahora estamos ante un problema que tiene solución. María de Nazaret, una joven creyente, abierta a Dios, libre de toda sombra de pecado desde el primer instante de su existencia, ha dado el «sí» más generoso de la historia cuando se le ha pedido colaboración para recolocarla en su centro, que es Dios. Justamente ha sido una mujer la que lo ha hecho posible. La fiesta de la Inmaculada Concepción nos dice el motivo por el que la humanidad, a través de la respuesta creyente y generosa de María, ha quedado reorientada y ha tomado un rumbo definitivo. En ella, dándonos a Jesús, se ha restablecido la relación de la humanidad con Dios, de la que todos hemos salido beneficiados.
Es importante que, a partir de ahí, nuestra meditación se centre en María, la mujer que ha hecho que se cumpla la voluntad de Dios. «Dios nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales; nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos, irreprochables ante él por el amor. Nos destinó a ser sus hijos por Jesucristo» (Ef 1,3-5). Nos encontramos ante la respuesta a las grandes preguntas que siempre nos hacemos, las que se refieren a nuestro origen, a nuestra identidad y a nuestro destino.
Entretanto, a ejemplo de María, debemos seguir trabajando la obra empezada. Este hecho salvífico nos abre a la esperanza de una misión a realizar en medio de nuestra sociedad, tal como María la diseña en su canto del Magníficat cuando dice: «Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53). Tenemos que hacer que el mal personal y social desaparezca, comprometidos en su eliminación. María ha dejado que Dios entrase en su vida, se ha puesto totalmente disponible a su voluntad y, aceptando ser madre de Jesús, ha pronunciado el «sí» que ha revuelto a la humanidad y la ha reorientado hacia Dios. A través de ella, Dios nos ha mostrado una vez más la inmensidad de su amor. ¡Démosle siempre gracias!
















