Los pobres nos hacen tocar con las manos la verdad del Evangelio

«Es una regla de la fe y un secreto de la esperanza que todos los bienes de esta tierra, las realidades materiales, los placeres del mundo, el bienestar económico, aunque importantes, no bastan para hacer feliz al corazón. Las riquezas muchas veces engañan y conducen a situaciones dramáticas de pobreza, la más grave de todas es pensar que no necesitamos a Dios y que podemos llevar adelante la propia vida independientemente de Él». Así lo expone el papa León XIV en su mensaje en ocasión de la Jornada Mundial de los Pobres, un mensaje que hacemos nuestro y nos abre caminos de actuación. La desigualdad entre ricos y pobres va ganando terreno, y desaparecen aquellas clases medias que habían ayudado siempre a mantener una cierta estabilidad social, favoreciendo espacios de nuevas oportunidades.

El papa León dice que «la pobreza tiene causas estructurales que deben ser afrontadas y eliminadas. Mientras esto sucede, todos estamos llamados a crear nuevos signos de esperanza que testimonien la caridad cristiana, como lo hicieron muchos santos y santas de todas las épocas. Los hospitales y las escuelas, por ejemplo, son instituciones creadas para expresar la acogida hacia los más débiles y marginados. Hoy deberían formar parte ya de las políticas públicas de todo país, pero las guerras y desigualdades con frecuencia lo impiden. Cada vez más, los signos de esperanza son hoy las casas-familia, las comunidades para menores, los centros de escucha y acogida, los comedores para los pobres, los albergues, las escuelas populares: cuántos signos, a menudo escondidos, a los que quizás no prestamos atención y, sin embargo, tan importantes para sacudirnos de la indiferencia y motivar el compromiso en las distintas formas de voluntariado». Entre nosotros ya hay respuestas bien generosas por parte de instituciones ciudadanas, diocesanas y parroquiales, todo un signo de esperanza.

«Los pobres no son […] sino los hermanos y hermanas más amados, porque cada uno de ellos, con su existencia, e incluso con sus palabras y la sabiduría que poseen, nos provoca a tocar con las manos la verdad del Evangelio. Por eso, la Jornada Mundial de los Pobres quiere recordar a nuestras comunidades que los pobres están en el centro de toda la acción pastoral […]. Dios ha asumido su pobreza para enriquecernos a través de sus voces, sus historias, sus rostros. Toda forma de pobreza, sin excluir ninguna, es un llamado a vivir concretamente el Evangelio y a ofrecer signos eficaces de esperanza».

Fijándonos en todo lo que decimos y hacemos en nuestra actividad humana y eclesial, el papa León nos indica que «los pobres son sujetos creativos [de nuestra pastoral], que nos estimulan a encontrar siempre formas nuevas de vivir el Evangelio hoy», y que «ante la sucesión de nuevas oleadas de empobrecimiento, existe el riesgo de acostumbrarse y resignarse. Todos los días nos encontramos con personas pobres o empobrecidas y, a veces, puede suceder que seamos nosotros mismos los que tengamos menos, los que perdamos lo que antes nos parecía seguro: una vivienda, comida adecuada para el día, acceso a la atención médica, un buen nivel de educación e información, libertad religiosa y de expresión».

Valorando lo que ya se hace, es del todo necesario «impulsar el desarrollo de políticas para combatir antiguas y nuevas formas de pobreza, además de nuevas iniciativas de apoyo y ayuda a los más pobres entre los pobres. El trabajo, la educación, la vivienda y la salud son las condiciones para una seguridad que nunca se logrará con las armas». Hagamos juntos este camino que dé una nueva y más humana fisonomía a nuestra sociedad, que tanto lo necesita.