Con la alegría, la credibilidad de los hechos, del testimonio

El tercer domingo de Adviento siempre se ha caracterizado en la liturgia como el domingo que nos habla de la alegría. De entrada, tenemos una invitación a vivir contentos, siempre contentos, llenos de aquella alegría que nos inunda y nos hace felices. El profeta Isaías, contemplando la naturaleza llena de vida, lo describe así: «se alegrarán el desierto y la estepa. Florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría» (Is 35,1-2). Una alegría ciertamente especial y que dure. Una alegría que nos viene como un regalo anticipado de Navidad y que tiene una razón profunda: ¡el Señor está cerca! Sin embargo, la experiencia nos muestra que los caminos que conducen a la verdadera alegría no siempre son los que buscamos, aunque estén cargados de buenas intenciones e intuyamos en ellos una vía de felicidad.

Por eso, percibimos que hay una alegría momentánea, pasajera, que tiene precio en los mercados del consumo y de la diversión; hay una alegría conquistada, la que corona un esfuerzo y viene dada como premio; está la alegría cultivada que proviene del interior de uno mismo, la alegría que proporciona la amistad, la honradez, la lealtad, la humildad, el servicio a los demás, la admiración por la creación, por la vida, la familia, la consecución de un ideal noble, y tantas otras experiencias humanas y espirituales gratificantes. Pero, sobre todo, existe una alegría regalada, gratuita, profunda, sincera, compasiva, abierta, contagiosa, solidaria, compartida, inagotable. Su fuente es secreta, es fruto del Espíritu. Proviene de Dios. Es la alegría que proclama María, la Madre del Señor cuando dice: «se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» (Lc 1,47) y describe su resultado.

Hoy, ¿qué ve Dios en nosotros, ¿qué ve en nuestra espera? Tal vez la alegría viene condicionada cuando vemos la dura realidad de las personas que padecen el desprecio y la marginación social, víctimas del mal trato de gente muy cercana, sometidas a violencia doméstica o expuestas a cualquier atropello inhumano. No obstante, la espera de Jesús viene llena de contenido liberador y es fuente de alegría y esperanza.  Debemos ser conscientes también de que la duda está al acecho cuando nos encontramos a merced de tota clase de ofertas que pronostican otras formas engañosas de «salvarse». A Juan Bautista, que duda de si Jesús es el Mesías o no, será el propio Jesús quien responderá con la credibilidad de la evidencia de los hechos: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Mt 11,4-5).

¿Qué podemos responder a los que dudan o nos interpelan sobre la credibilidad de la presencia del Señor o de la misma existencia de la Iglesia? Está la respuesta humilde de una realidad todavía más humilde y que muestra la alegría del Evangelio presente en tanta gente buena: familias que se aman; padres que aman entrañablemente a sus hijos y lo dan todo por ellos; hijos agradecidos que no permiten el abandono de sus padres y los cuidan con afecto; cristianos entregados de manera silenciosa y anónima que ayudan y sirven a los más necesitados de todo, de compañía, de afecto, de recursos elementales, de cultura, de fe; personas que anteponen el bien ajeno al suyo propio, y lo dejan todo para dedicarse de forma voluntaria al mundo de la enfermedad, de la cárcel, de la migración, de la marginación. Estos son los hechos, ¡una realidad ya de salvación! Tomemos nota para nuestro aprendizaje. El modelo definitivo será Jesús. Por eso, fue necesario y lo sigue siendo, preparar a los pueblos para su venida y los corazones para su acogida. Así, ¡será Navidad!

Sants del dia

18/06/2026Sants Marc i Marcel·lià, sant Leonci, sant Gregori Barbarigo.

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