El «gusto» por la Palabra y por las cosas de Dios

Hay personas en las que se descubre el «gusto» por la Palabra de Dios cuando nos damos cuenta de que la leen y ven en ella algo necesario y fundamental para mantener vivo el compromiso de vivir en cristiano. Los profetas siempre manifestaron este «gusto» y estuvieron tan atentos a la Palabra que Dios les dirigía que no podían dejar de escucharla. Este era el secreto que los mantenía firmes y valientes a la hora de transmitirla. Decía el cardenal Martini que la sabiduría, como don del Espíritu, es el «gusto» por las cosas de Dios, más cuando el que es la Palabra ha venido a vivir entre nosotros (cf. Jn 1,14).

Fijémonos en la experiencia del profeta Jeremías y en cómo la cuenta: «Cuando me llegaba tu Palabra, yo la devoraba: ella ha sido mi gozo y la alegría de mi corazón. Yo llevo tu nombre, Señor Dios del universo» (Jr 15,16). Eso explica la reacción del profeta cuando, habiendo escuchado a Dios, le dice: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (20,7). Más aún, es consciente también de la incomprensión que encuentra cuando tiene que comunicar la Palabra que Dios le dirige y llega a decirle: «Me has dirigido tu palabra, y todo el día me insultan y me ultrajan […] Pero el Señor está a mi lado» (20,8.11). El contacto con la Palabra de Dios lleva a una infinidad de experiencias que nos dan noticia de cómo afecta a las situaciones de la vida, también las personales.

La Palabra de Dios es el referente que siempre debemos tener presente si queremos que nuestra fe se encuentre bien alimentada, la esperanza bien fundada y la caridad bien despierta. En nuestra Iglesia de Mallorca nos lo hemos propuesto sinodalmente cuando, en el primer objetivo del Plan diocesano de Pastoral, hemos dicho que se deben «facilitar medios y oportunidades a las Parroquias para una lectura orante de la Palabra de Dios, encarnada en la vida, organizando grupos de Lectio divina con un responsable-animador que coordine y promocione. Sería bueno que estos grupos existiesen en cada Parroquia y Comunidad, como también ofrecer talleres de silencio y meditación, creando un espacio específico para la oración». Un ejercicio personal y comunitario así hace posible que aprendamos contenidos que, sin el contacto con la Palabra de Dios, no obtendríamos. Para ser cristianos adultos lo necesitamos, para ser fuertes personalmente, no quedar en la ignorancia, y estar preparados.

Se trata, por tanto, de descubrir nuevamente el «gusto» de alimentarnos con la Palabra de Dios. ¿Cuál es este gusto por la Palabra? Es la percepción de algo bueno, apetecible, que buscamos y nos resulta no solo atractivo, sino incluso confortable. ¿Qué entendería el salmista cuando se dirigía a la comunidad orante y decía: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sl 34,9)? ¿Qué querría dar a entender Jesús cuando decía a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Si la sal ha perdido el gusto, ¿con qué la salarán?» (Mt 5,13)? (Mc 12,37). Lo pide san Pablo con esta plegaria: «Que Dios os conceda los dones espirituales de una comprensión profunda y de su revelación, para que conozcáis de verdad quién es él» (Ef 1,17).

El «gusto» es más que un sentimiento. Es la actitud creyente de adhesión plena al Señor, a su Palabra, a la acción de su Espíritu en cada uno, en su Iglesia, en el mundo. Gustar, hallar gusto en ello, y, al mismo tiempo, disfrutar de lo que da sentido a nuestra vida.  Es el «gusto» de saborear su presencia entre nosotros y en el interior de cada uno. También nosotros queremos seguir escuchando con «gusto» a Jesús, como lo hacían los que se arracimaban a su alrededor (Mc 12,37).

Sants del dia

10/06/2026Sant Censuri, sant Itamar, sant Landeric.

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