La debilidad del rebaño alentada por la fortaleza del Pastor

Hoy ponemos nuestra vista fija en Jesús, Buen Pastor. Lo hacemos con corazón humilde, pero repleto de confianza, porque, aunque somos conscientes de la debilidad del rebaño, nos alienta la fortaleza del Pastor. Lo pedimos con toda la Iglesia: «Dios todopoderoso y eterno […], concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor». Toda la acción «pastoral» de la Iglesia quiere ser acción del Pastor en medio de su pueblo, para que este se sienta acogido y acompañado con la inmensidad de su amor. Lo vemos en la actuación misionera de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia y su indestructible valor a la hora de predicar la Palabra de Dios. Como buenos pastores, saben que la Palabra no puede quedar ligada a nada ni a nadie, y que debe dirigirse a todos sin distinción. A la vez, son muy conscientes también de las dificultades: «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la Palabra de Dios -dicen-; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles».

Ello nos da a entender la dimensión universal que toman la predicación apostólica y la expansión de la Iglesia. Una llamada a la apertura misionera de nuestra acción evangelizadora, siendo siempre discípulos misioneros, como tantas veces nos lo había dicho el papa Francisco. Esta ya es una línea de actuación irrenunciable, que toca el corazón de la misión y nos dice que el centro del mensaje cristiano es Jesús y que la salvación nos viene de su resurrección. En Él se cumplen todas las promesas, porque a través suyo Dios se ha acercado a su pueblo, lo ha bendecido con sus dones definitivos y lo ha orientado totalmente hacia Él. Con todo, este ofrecimiento salvífico no es aceptado por todos, e incluso es el motivo por el que los apóstoles son rechazados y perseguidos. Esto hace que Pablo y Bernabé tengan que marcharse, pero seguirán con su actividad pastoral en otros lugares donde la Palabra de Dios será acogida con alegría.

Los primeros cristianos -como tampoco nosotros hoy- no lo tuvieron nada fácil, pero el Señor los acompañaba y la Palabra de Dios se extendía por el testimonio de los que la predicaban, hasta el punto de dar la vida. Nos lo dice el Apocalipsis en su visión contemplativa de futuro: la de una vida llena del amor de Dios que ve «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos». Acogemos en la esperanza esta visión de futuro que proyecta nuestra vida en Dios, llena de felicidad y nos dice que «ya no pasarán hambre ni sed […] Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos». Siguiendo a Jesús, el Buen Pastor, aparece el tema vocacional. Contamos con la promesa del Señor: «Os daré pastores según mi corazón» (Jr 3,15). Dios promete a su pueblo no dejarlo jamás falto de pastores que lo congreguen y guíen. Por eso, respecto a las ovejas, dice: «les pondré al frente pastores que las apacienten: no tendrán miedo y nadie las atemorizará» (Jr 23,4).

Agradecemos al Señor la llamada dirigida a tantas personas, especialmente jóvenes, pero no podemos dejar de orar y trabajar para que la respuesta a la llamada sea decidida y generosa. Hagámoslo desde las instancias en las que nos movemos, especialmente desde la familia y la comunidad parroquial, nuestro compromiso debe ser el de crear un clima apto para que florezca aquella cultura vocacional que ayude a escuchar la llamada del Señor y anime a responder afirmativamente a ella.

Sants del dia

13/06/2026Sant Antoni de Pàdua, sant Pelegrí, sant Eulogi.

Campanyes