La paz, don que debemos agradecer y fruto para saborear
El saludo de paz por parte de Cristo resucitado es constante y da un tono pascual a nuestra vida. El deseo de «¡paz para todos!» fue también el primer saludo del papa León XIV junto con una reiterada invitación a no tener miedo, nada de miedo. Hoy, de nuevo, acogemos con gozo inmenso estas palabras de Jesús que presentan la paz como un don suyo, tantas veces inmerecido: «Mi paz os dejo, mi paz os doy. ¡Que no se turbe vuestro corazón, no tengáis miedo!». Fijémonos que, en primer lugar, significa una llamada a esforzarnos para aceptarla como don: «¡Mi paz os dejo, mi paz os doy!». Se trata, pues, de dejarnos llenar de este don que, en palabras de san Pablo, será uno de los dones del Espíritu que debemos agradecer, a la vez que nos dirá que la paz es uno de sus frutos que tenemos que saborear, junto con el amor, el gozo, la paciencia, la benevolencia, la bondad y la fidelidad (cf. Ga 5,22).
Nuevamente León XIV, en el reciente encuentro con los participantes en el Jubileo de las Iglesias Orientales, ha insistido en el tema de la paz diciendo que «la paz de Cristo no es el silencio sepulcral después del conflicto, no es el resultado de la opresión, sino un don que mira a las personas y reactiva su vida. Recemos por esta paz, que es reconciliación, perdón, valentía para pasar página y volver a comenzar». Ya de entrada, profundicemos en nuestra actitud de acogida del Espíritu en nuestra vida y en la misión que el Señor nos ha confiado. Desde el inicio de la predicación del Evangelio, la Iglesia se ha entregado a esta misión recibida. «Con su doctrina social, la Iglesia se hace cargo del anuncio que el Señor le ha confiado». Por eso, «enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina» (CDSE 63). Estas exigencias de justicia y de paz son la correspondencia al don recibido.
La paz que regala Jesús alcanza todas las dimensiones de la vida humana y de la sociedad. Por eso, todo lo que corresponde a la comunidad humana no es ajeno a la evangelización. Se refiere a situaciones y problemas relacionados con la justicia, la liberación, el desarrollo, las relaciones entre los pueblos y la paz. Por ello, san Pablo VI afirma que la evangelización «no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre» (EN 29). Nuestro compromiso deberá comenzar por la paz personal y la paz vivida en la comunidad cristiana, para ser levadura que fermente toda la sociedad.
Nos unimos a la voluntad del papa León cuando nos dice que «para que esta paz se difunda, yo emplearé todos mis esfuerzos». Se pone a disposición -dice- «para que los enemigos se encuentren y se miren a los ojos, para que a los pueblos se les devuelva la esperanza y se les restituya la dignidad que merecen, la dignidad de la paz. Los pueblos quieren la paz y yo, con el corazón en la mano, digo a los responsables de los pueblos: ¡encontremos, dialoguemos, negociemos! La guerra nunca es inevitable, las armas pueden y deben callar, porque no resuelven los problemas, sino que los aumentan […] La Iglesia no se cansará de repetirlo: que callen las armas […] A los cristianos hay que darles la posibilidad, no solo con palabras, de permanecer en sus tierras con todos los derechos necesarios para una existencia segura. ¡Les ruego que se comprometan por esto!». Es lo que les pide. Al mismo tiempo, agradece a los que se esfuerzan tejiendo la paz mediante el silencio, la oración y la entrega.


















