Somos «familia» de Jesús si cumplimos la voluntad de Dios

Conviene comenzar leyendo el evangelio de este domingo (Mc 3,20-35) y preguntarnos: ¿cuál es la voluntad de Dios? Jesús da la respuesta: «La voluntad de mi Padre es que todos los que ven al Hijo y creen en Él tengan vida eterna. Y yo los resucitaré el último día» (Jn 6,40). Ver a Jesús y creer en Él es lo que Dios quiere, lo que nos pide y espera de cada uno de nosotros. Jesús insiste con más fuerza en que Él ha venido a cumplir la voluntad de Dios, su Padre, y llama a todos a hacer lo mismo, lo que nos dará aquella familiaridad que hará de nuestro trato con Él algo muy cercano y confiado.

Las palabras de Jesús nos comunican su proximidad: «¿Quiénes son mi madre y mis parientes?». Luego, mirando a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis familiares: todo el que cumple la voluntad de Dios es mi pariente, mi parienta, mi madre». El cumplimiento de la voluntad de Dios será para Jesús una constante de su vida. La plegaria «hágase tu voluntad» que Jesús pone en nuestros labios y en nuestro corazón cuando nos enseña el Padrenuestro, o el grito en el huerto de Getsemaní, «que no se haga mi voluntad, sino la tuya», refiriéndose siempre a Dios, su Padre, son un ejemplo de su identificación con el Padre.

Estamos ante una nueva forma de relacionarnos con Dios, de abrirnos a Él con toda confianza y familiaridad. Eso es lo que Jesús quiere conseguir de nosotros. Con todo, la iniciativa de Jesús de hacernos participar de su intimidad con Dios y con nosotros siempre ha provocado reacciones y ante Él nadie queda indiferente. Jesús habla de Dios de una forma diferente e introduce un nuevo concepto de relación «familiar» con Él. Dios es Padre, buena nueva, felicidad plena, amor participado.

En un contexto de crítica a Jesús por parte de los maestros de la Ley, los familiares y conocidos de Jesús se inquietan ante la reacción que provoca su forma de actuar, hasta el punto de pensar «que había perdido la razón» (cf. Mc 3,31). Entonces Jesús lanza una pregunta en medio de dos situaciones contrapuestas y, ante Él, como suele suceder siempre, la opinión popular queda dividida. Resuenan de nuevo las palabras del anciano Simeón dirigidas a la madre de Jesús cuando de niño lo presenta en el Templo: «Este niño será motivo de que muchos caigan en Israel y muchos otros se levanten; será una bandera combatida» (Lc 2,34). Por ello, la pregunta de Jesús se orienta hacia la adhesión que pide hacia su persona, ante la cual la gente debe definirse. Su madre y sus parientes lo buscan. Jesús aprovecha para lanzar su mensaje y, sin negar la validez de sus vínculos familiares, explica cuál es su verdadera familia.

El grito de atención de Jesús es claro y vale para nosotros, hoy. Se trata de cumplir la voluntad de Dios. Los que así lo hacen, estos son su verdadera familia. No admite la mediocridad, ni los compromisos débiles, ni las adhesiones a corto plazo. Más bien hace notar que el tono familiar del seguimiento comporta la entrega incondicional, aunque no ocultará en ningún momento que esta entrega está llena de dificultades y de tribulaciones. Jesús es consciente de que, para cumplir la voluntad del Padre, muchas veces se quedará solo. Pero tenemos la palabra de Jesús que «ha vencido el mundo» y la de Pablo que desde la confianza es capaz de decir «no nos desanimamos», porque Jesús vive, ha resucitado, y «la vida que vivimos en nuestro interior se va renovando cada día» (2Co 4,16).

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