Entre la añoranza y la esperanza, ¡oremos!
El papa Francisco, en Evangelii gaudium, 13, nos dice: «La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón: “Era alrededor de las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). Junto con Jesús, la memoria nos hace presente “una verdadera nube de testigos” (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que incidieron de manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente: “Acordaos de aquellos dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios” (Hb 13,7). A veces se trata de personas sencillas y cercanas que nos iniciaron en la vida de la fe […]. El creyente es fundamentalmente “memorioso”».
Este es el recuerdo, la memoria agradecida que hacemos del papa Francisco después de su tránsito. Lo hacemos entre la añoranza y la esperanza en este tiempo de transición entre dos Papas, Francisco y el que el Espíritu Santo nos mande. Mientras tanto, lo que nos corresponde es estar unidos en la oración. Es lo que siempre el papa Francisco nos pidió, que rezásemos por él, que él lo hacía por todos nosotros. Inmediatamente, nos habló de la necesidad de una Iglesia en salida, una llamada a «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (EG 20).
Esta exigencia evangélica era una de las primeras sorpresas, porque ya veíamos en aquel momento por dónde iría su ministerio apostólico. Ya había sido sorprendente la elección del nombre de Francisco y el consejo decisivo de su amigo, el cardenal Humes: «¡No te olvides de los pobres!». Y así fue y así ha sido. Francisco lo ha dejado siempre muy claro, porque tenía bien asumido que «la alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera» (EG 21). Esta proyección dará unidad a todo su mensaje. que convierte a todo seguidor de Jesús en discípulo misionero y nos invita a todos a una impostergable renovación eclesial. Es su sueño: «una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial […] favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad» (EG 27).
Estas son solo unas pinceladas del comienzo, pero que serían decisivas para marcar una línea pastoral que desde el primer momento nos implicaría a todos. Mucho más, cuando su magisterio toma la dirección definida de poner una oreja a la Palabra de Dios y la otra al pueblo, un pueblo en el que se tiene que estar encarnado y con voluntad de escucharlo, comprenderlo, amarlo y servirlo, hasta dar la vida por él, como lo hacía Jesús. En este sentido, el papa Francisco recibió y trató siempre a todo el mundo, pero está claro hacia donde inclinó la balanza. Es lo que todo el mundo, creyentes y no creyentes, ha reconocido y valorado: los pobres, los descartados, los migrantes y refugiados, los marginados familiares y sociales, los que sufren el paro o no disponen de vivienda, los menores desprotegidos y abusados, las víctimas de las guerras y los pueblos injustamente agredidos, las minorías étnicas no reconocidas, y una larga lista que podíamos ver que cada día tenía en cuenta y nos invitaba a proyectar en ella nuestro amor solidario.
Este corto balance para una resumida memoria de lo que fueron los primeros días del papa Francisco como obispo de Roma y sucesor de Pedro, quiere ser solo un pequeño flash de una fecunda trayectoria que ha llenado todos sus días hasta la última Pascua, cuando con voz debilitada nos la deseaba buena y feliz, a la vez que con manos trémulas bendecía a toda la humanidad. ¡Gracias, añorado y estimado papa Francisco, intercede por la Iglesia y por nuestro mundo que tanto lo necesita, y tanto amaste!
















