La oración del pobre va directa al oído de Dios
El clamor de los pobres se oye entre nosotros, lo tenemos muy cerca y es causa de preocupación y reflexión y nos mueve a hablar y actuar. Lo vivimos con dolor cuando tantas hermanas y hermanos nuestros viven la falta de un trabajo y un sueldo dignos, la falta de vivienda y tantas limitaciones inherentes a las nuevas pobrezas que afectan especialmente a la gente mayor y a los jóvenes, así como al mundo de la migración, con tantos que necesitan ser acogidos. Más aún, cuando de repente aparecen pobrezas inesperadas debido a las catástrofes naturales que asedian ciudades y pueblos de manera violenta, dejando centenares de muertos y miles de personas sin casa y habiéndolo perdido todo, como la que recientemente ha sucedido en la Comunidad valenciana y en otros lugares. El abanico de la pobreza se abre de cada vez más y pide nuevas y valientes respuestas, desplegando un voluntariado, pronto a ayudar y paliar de la forma más rápida posible el mal ocasionado en una gran ola masiva de solidaridad.
Unidos a Dios escuchamos este clamor. Las comunidades no dejan de orar y actuar. Una plegaria unida a la del pobre que -en palabras del papa Francisco- «sube hasta Dios» (Sir 21,5). He aquí algunos puntos de su mensaje en ocasión de la VIII Jornada Mundial de los Pobres que celebramos este domingo.
«Dios conoce los sufrimientos de sus hijos porque es un Padre atento y solícito hacia todos. Como Padre, cuida de los que más lo necesitan: los pobres, los marginados, los que sufren, los olvidados. Pero nadie está excluido de su corazón, ya que, ante Él, todos somos pobres y necesitados. Todos somos mendigos, porque sin Dios no seríamos nada. Tampoco tendríamos vida si Dios no nos la hubiera dado».
«La mentalidad mundana exige convertirse en alguien, tener prestigio a pesar de todo y de todos, rompiendo reglas sociales con tal de llegar a ganar riqueza. ¡Qué triste ilusión! La felicidad no se adquiere pisoteando el derecho y la dignidad de los demás. La violencia provocada por las guerras muestra con evidencia cuánta arrogancia mueve a quienes se consideran poderosos ante los hombres, mientras son miserables a los ojos de Dios. ¡Cuántos nuevos pobres produce esta mala política hecha con las armas, cuántas víctimas inocentes! Pero no podemos retroceder. Los discípulos del Señor saben que cada uno de estos “pequeños” lleva impreso el rostro del Hijo de Dios, y a cada uno debe llegarles nuestra solidaridad y el signo de la caridad cristiana».
«El pobre, no teniendo nada en que apoyarse, recibe fuerza de Dios y en Él pone toda su confianza. De hecho, la humildad genera la confianza de que Dios nunca nos abandonará ni nos dejará sin respuesta. A los pobres que habitan en nuestras ciudades y forman parte de nuestras comunidades les digo: ¡no pierdan esta certeza! Dios está atento a cada uno de ustedes y está a su lado. No los olvida ni podría hacerlo nunca. Todos hemos tenido la experiencia de una oración que parece quedar sin respuesta […]. Pero el silencio de Dios no es distracción de nuestros sufrimientos; más bien, custodia una palabra que pide ser escuchada con confianza, abandonándonos a Él y a su voluntad».
«La oración, por tanto, halla la confirmación de su propia autenticidad en la caridad que se hace encuentro y cercanía. Si la oración no se traduce en un actuar concreto es vana, de hecho, “la fe sin las obras está muerta” (St 2,26)». A pesar de todo, la caridad sin la plegaria corre el riesgo de convertirse en filantropía que pronto se termina. Dejemos que la oración sea la fuerza interior que nos mueve a actuar, ya que la fe sin las obras está muerta.
















