Las bienaventuranzas de Jesús, propuesta valiente y coherente de felicidad

Cuando leemos el Evangelio nos encontramos con una propuesta de felicidad, una propuesta que nos viene directamente de Jesús. ¿Quién no busca en la vida ser feliz? ¡Y cuantos caminos intentamos transitar para encontrarla! Cuando Jesús habla de felicidad, la refiere a la pobreza, a la humildad, a la compasión, a la limpieza de corazón, al esfuerzo por la paz, a la opción por la justicia, a asumir la persecución como signo de seguimiento llevado a la radicalidad del amor. Son y pueden ser valores al alza porque Jesús los conecta con la felicidad, por eso llama «dichosos» a todos los que se identifican con ellos o ya los viven en carne propia.

¿Por qué Jesús presenta esta propuesta de felicidad tan original como son las bienaventuranzas, una propuesta que choca de raíz con tantas otras ofertas de felicidad? Leyendo la Palabra de Dios, vemos que pasa al primer plano un pueblo pobre y humilde que vive de su confianza en el Señor; en ello vemos la elección que Dios hace del débil para humillar cualquier pretensión de poder y nos propone una alegría y una felicidad repletas de una dimensión transcendente que no tienen fin y a las que llegamos a través de la fe. Con eso, la verdad que proclamamos es que Dios es fiel y quiere que nosotros correspondamos a su fidelidad con la nuestra.

¿Cuál es esta fidelidad para que nosotros aprendamos de ella? Llevémoslo a la oración. Fijémonos bien en cómo lo detalla el salmo 145: «El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, da la vista a los ciegos, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina por siempre». Seremos felices si dejamos que la acción de Dios sea la nuestra y su programa también sea el nuestro. Dejemos que, desde Él, nuestra mirada se fije en la realidad humana personal y social que nos rodea para poder contemplar con sus mismos ojos los valores y las carencias, los gozos y las angustias, las esperanzas y las tristezas que existen en nuestro entorno.

Ser sembradores de confianza y de felicidad es una exigencia que proviene del Evangelio y que Jesús pone como medios para mantenernos en la convicción de que, como en tiempos de los profetas, somos un «pueblo pobre y humilde que busca refugio en el nombre del Señor» (So 3,12) La opción es delicada, pero el reto es muy importante para los tiempos que vivimos. ¡Por eso tenemos que confiar! San Juan Pablo II lo dijo con toda claridad: la fe no se impone, sino que se propone, y esto quiere decir que llevamos un tesoro en las manos, aunque seamos muy conscientes de la fragilidad de la vasija que lo contiene, que somos nosotros.

¿Por qué Jesús nos quiere felices? Porque, aunque tengamos que vivir situaciones adversas, lo hacemos con la confianza que nos da introducir espacios en los que Dios también se revela y comunica su amor. No es en la ambición humana ni en la voluntad de tener más y más, ni tampoco en la prepotencia que da la riqueza material o el prestigio social, ni tampoco en la violencia de las armas, ni en la soberbia beligerante proveniente de posturas fundamentalistas donde creemos que podemos hallar la felicidad, sino en la voluntad compartida de construir la civilización del amor desde la comunión, la fidelidad y la confianza. Las bienaventuranzas (Mt 5,3-12) nos presentan este nuevo horizonte para vivir entusiasmados el seguimiento de Jesús y hacer realidad una vida feliz de amor y servicio vivida en cristiano.

Sants del dia

17/04/2026Sant Simeó bar Sabas, sant Robert de Molesmes, sant Acaci.

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