No se adiestrarán más para la guerra, ¡ninguna guerra!

Todo comienzo contiene siempre mucha ilusión y una semilla de esperanza. Hoy estrenamos un nuevo Año litúrgico, un tiempo de Dios, un itinerario gozoso que nos llevará a un encuentro en la persona de su Hijo, Jesucristo. Esperamos vivamente que sea un encuentro singular, un acontecimiento que dé un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Ya lo sabemos, Adviento significa venida. Alguien viene y hace que lo esperemos, Alguien que quiere ser acogido entre nosotros y ser el referente de nuestro caminar cristiano. Alguien que nos ha amado primero, que tiene la iniciativa de venir y el deseo de acercarse a cada uno en persona, a nuestro pueblo, a nuestras familias, a estar entre nosotros y en cada uno.

Su venida contiene un misterio. Precisamente, encontrarse con nosotros, en este mundo convulso y lleno de incertidumbres, con diferencias sociales cada vez más acentuadas, donde la división entre ricos y pobres es más escandalosa, porque los ricos se hacen más y más ricos y los pobres arrastran más pobreza, y con la dificultad de no poder seguir adelante. ¿Por qué viene, Jesús? Podremos entenderlo, siempre desde la oración y en la sintonía de sentimientos, desde su designio de amor: «Dios amó tanto al mundo, que le ha dado a su Hijo único, para que no se pierda ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16).

Es así. En la decisión de acercarse a nosotros, está su amor y el resultado es la vida, la que Jesús ha dicho que nos da en sobreabundancia (cf. Jn 10,10). Mientras tanto, hay un tiempo de espera, de preparación para su venida inmediata y para su venida definitiva. Para nosotros, un tiempo de vigilancia, de atención, de escucha, de plegaria, de trabajo. Un tiempo de esperanza. Aceptar a Dios que viene en la persona de su Hijo es empezar a entender ya desde ahora el misterio de la Navidad y decir claramente: «Hemos creído en el amor de Dios», y celebrarlo con gozo, espíritu de paz y solidaridad cristiana. Esta convicción da contenido a la espera y la convierte en esperanza activa, es decir, en tiempo de esfuerzo, de conversión personal y de transformación social según el Evangelio.

Ya en la recta final del Año jubilar, estamos ante la nueva oportunidad de un itinerario espiritual acompañado por el ambiente litúrgico -Palabra y Sacramentos- que nos ofrece muchos elementos de conversión. Ahora, de nuevo, aparecen llamadas que nos interpelan y nos invitan a la acción. Urge emprender algo nuevo, completamente nuevo: «[Dios] será el árbitro entre las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Is 2,4). Si en las relaciones humanas, familiares, sociales y políticas, este fuese un proyecto a llevar a cabo, una identidad basada en el respeto a la dignidad humana y a sus derechos fundamentales, indudablemente, el resultado sería la paz. Si es así, ¿podemos seguir ofreciendo razones para la esperanza? Sí, porque «Él (Jesucristo) es nuestra paz» (Ef 2,14). La paz tiene nombre propio, divino, por eso es sagrada. Sea este el atractivo y nuestro referente creíble en el camino del Adviento

Sants del dia

17/06/2026Sant Diògenes, sants Nicandre i Marcià, sant Rainer.

Campanyes