Que el bienestar florezca y abunde la paz: ¿posible o solo un sueño?
Convencidos de que la esperanza no defrauda, tenemos derecho a soñar e incluso a pensar que lo que soñamos puede convertirse en realidad. De la mano del profeta Isaías, podemos llegar a pensar que «habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No hará daño ni estrago…» (Is 11,7-9). ¿Es esto un sueño? Así ve el profeta el equilibrio que creará la venida del Mesías, del que dice que «no juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados…» (Is 11,3-4). La fe nos hace contemplar este sueño, creer y esperar que es posible.
Lo hacemos también, contemplando el mundo y la realidad más próxima que nos rodea, imaginando que todo lo que está deteriorado se recompone y todo lo que es malo se vuelve bueno y favorable. «No hará daño ni estrago», hemos escuchado. No querría olvidar el sufrimiento de tantas personas y pueblos desconocidos que no aparecen en los medios informativos ni en las redes sociales, y que padecen el secuestro, la persecución y el asesinato por causa de su fe o la defensa de los derechos más elementales; seguimos contemplando con dolor y desconcierto países en constante conflicto y con poca o nula posibilidad de salida, donde la violencia está al servicio de la obsesión de poder o de la maldad. ¿Qué querrá decir Navidad para todos ellos? ¿Tenemos derecho a soñar en un cambio radical, en un retorno del bienestar y la paz para todos? ¿Qué nos aportan la fe y la esperanza en la venida del Mesías, Jesús de Nazaret, Jesucristo?
Ya hace semanas que el mundo del consumo, con la iluminación de Navidad ya encendida un mes antes y secuestrando en parte el sentido de esta fiesta tan nuestra y tan cristiana par hacer de ella un uso comercial, está difuminando la bondad de un sueño que quiere reconducirnos a una transformación más profunda que nos abra a las dimensiones del espíritu, y nos oriente a un comportamiento que nos muestre el verdadero rostro de la Navidad, y nos proponga un nuevo estilo de vida según el Evangelio, especialmente en este tiempo de preparación, que son las cuatro semanas de Adviento. ¿Qué sueño queremos hacer realidad? La respuesta nos llega a través del clamor de Juan Bautista, el Precursor del Mesías, de Jesús, cuando, llamando a la conversión y abriendo una nueva ruta a los que acuden a él para hacerse bautizar, los invita a recibir a Jesús y seguirlo. De hecho, gracias a Él y por la confianza puesta en Él, todos los sueños se harán realidad, desde los gestos de solidaridad y atención a los más pobres hasta la convicción del perdón de los pecados y la victoria sobre la muerte.
La proximidad de Dios que nos aporta la venida del Mesías, el nacimiento de Jesús, fiesta para la que nos estamos preparando, hace que todo sea diferente y que se vea con una nueva mirada, la suya, que es mirada de amor. ¿Cómo experimentar esta proximidad? El primer paso es la oración. A través de ella, se entra en contacto con Dios porque se le escucha, se le deja intervenir. Somos invitados a salir del vacío en el que vivimos y a abandonar los baches del desánimo y la desconfianza, las ambiciones, envidias, autosuficiencias y arrogancias, abandonando las incoherencias que oscurecen el testimonio, nivelando las escandalosas desigualdades con la justicia y venciendo toda corrupción con la limpieza de corazón y el ejercicio de la caridad.
















