Ser santos, ahora y más allá de la muerte, ¡vida por siempre en el amor de Dios!
En un momento en el que se habla de la posverdad, la Verdad que puede llenar el corazón humano está llena del deseo de estar y vivir con el Señor. Esta es la Verdad que hace decir a san Agustín: «Mi corazón es para ti, y no encontrará reposo hasta que no descanse en ti». Así, se pone de manifiesto la máxima aspiración humana porque apunta hacia la eternidad, hacia Dios, vivida en la plenitud de su Amor. Así lo rezamos en el salmo 26 cuando decimos «espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo. Espera en el Señor». Con esta actitud de esperanza, nuestra vida se mantiene firme y bien orientada, ya que busca «poder vivir en la casa del Señor». Este es el deseo y la meta a alcanzar.
Celebrando a Todos los Santos y conmemorando a los Fieles Difuntos en una unidad, la certeza que proviene de la fe y alimenta la esperanza también es la razón de la respuesta diaria a una vocación, a una llamada que se ha hecho don y que proviene del Señor. Los apóstoles, después de experimentar el gozo de la presencia del Resucitado, saben que aquella primera invitación recibida era a «estar con Él», pero no solo para un tiempo reducido, sino para siempre. San Pablo, que tiene y vive esta misma experiencia apostólica, dice: «“creí, por eso hablé”. Nosotros, que tenemos el mismo Espíritu de la fe, también nos sentimos llenos de esta fe, y por ello hablamos, y sabemos que el que resucitó a Jesús, el Señor, también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos llevará a su presencia junto con vosotros» (2Co 4,13-14). Esta es la Verdad del destino que promete.
Es en la Palabra de Dios donde se pone de manifiesto la Verdad de nuestra vida, el deseo de vivir para siempre. También el libro de la Sabiduría, oponiéndose a los que piensan que la muerte es una desgracia y su traspaso un desastre, dice de los justos que «ellos han encontrado la paz porque tenían segura la esperanza de la inmortalidad» (Sa 3, 2-4) Una vez más, es la fe la que da respuesta al enigma de la muerte y el mensaje que nos llega es alentador para el creyente y puede tocar el corazón de cualquier persona: Fijémonos: «Los que tienen puesta su confianza en Dios comprenderán la Verdad, y los que la han amado fielmente estarán con él, porque da a sus santos el favor y la gracia, y vendrá a visitar a sus elegidos» (Sa 3,9). Si los creyentes del Antiguo Testamento ya tenían la percepción de esta Verdad que nos llena de ánimo el corazón, cuánto más no hemos de tenerla nosotros, los que hemos recibido el anuncio de la resurrección de Jesús. Ha cambiado el curso de la historia, y se nos han abierto de par en par las puertas de una Vida que no se acaba nunca y que aquí ya podemos empezar a gustar.
Por eso, cuando celebramos a Todos los Santos y hacemos memoria de los Fieles Difuntos, afirmamos el don de la Vida que Dios nos da para siempre. De hecho, solo podemos hablar de Vida ahora y después de la muerte si tenemos la mirada puesta en Jesús, que ha muerto y ha resucitado. De esta manera, reforzamos nuestra esperanza activa que compromete y transforma, elegida libre y responsablemente por cada creyente. He aquí, el rayo de luz que nos aporta la fe en Jesucristo y que quiere ayudarnos a vivir el consuelo que nos viene de Él, para comunicarlo como apoyo de todos los que lo necesitan. La solidaridad en el duelo, hecha de afecto y oración, es siempre un gesto de solidaridad humana y cristiana, un testimonio de fe en Aquel que, en las bienaventuranzas, ha dicho «bienaventurados los que están de duelo y lloran: vendrá el día en que serán consolados» (Mt 5,5). En las bienaventuranzas queda trazado el camino de la santidad.
















