El Concilio Vaticano II, el gran regalo de Dios a la Iglesia y al mundo

«La Iglesia […], madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad». Con estas palabras, hace sesenta años, san Juan XXIII mostraba una cara de la Iglesia que muchos esperaban y que también hoy muchos siguen esperando. Y decía, aún, como Pedro un día, al pobre que le pedía limosna, decimos ahora al género humano oprimido por tantas dificultades: «no tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo Nazareno, ¡levántate y anda!»  (Ac 3,6). Con un tono poético lleno de ternura, ve unirse el cielo y la tierra en la celebración del concilio: los santos del cielo para proteger nuestro trabajo; los fieles de la tierra, siguiendo con su plegaria al Señor, y vosotros -dirigiéndose a los obispos, padres conciliares- haciendo caso a las inspiraciones del Espíritu Santo, para conseguir que nuestro común trabajo corresponda a las actuales aspiraciones y necesidades de los diversos pueblos. Todo ello pide de vosotros serenidad de ánimo, concordia fraternal, moderación en los proyectos, dignidad en las discusiones y prudencia en las deliberaciones.

Toda la Iglesia siguió el ritmo de una invitación a un cambio sustancial e histórico. En los discursos de san Juan XXIII tenemos la clave. ¿Qué esperaba y qué quería conseguir este Papa que a sus más de ochenta años cree en el aggiornamento de la Iglesia? El título del discurso de apertura del Concilio Vaticano II ya lo dice todo: Gaudet Mater Ecclesia (Que se alegre, que se llene de gozo la Madre Iglesia). Estamos ante un programa que muestra realismo, humildad, observación atenta, mucha pedagogía, extraordinaria sabiduría y amor. Son los pasos de una Iglesia que se pone a la escucha del mundo y con voluntad de diálogo, condiciones clave de la encarnación, y que ya tenemos aquí, el mismo día en que se inaugura el concilio.

Lo descubriremos después en la Constitución pastoral Gaudium et spes, un documento que respira todo él un aire renovador, anticipado por una visión positiva y esperanzada de quien vio en la intuición de un concilio -el propio san Juan XXIII- «un toque inesperado, un rayo de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración de un concilio». San Juan XXIII tenía la capacidad de ver muy lejos y respondía, a la vez, a la desafección de un gran sector de la Iglesia en desacuerdo con cualquier renovación. Fue el Papa valiente que dio respuesta a esa situación cargada de gravísimas dificultades, tanto las que provenían de fuera como del interior de la Iglesia. Y la respuesta la dio el Concilio Vaticano II, el gran don de Dios a la Iglesia y al mundo que tendremos que agradecer siempre.

Sants del dia

08/02/2023Sant Jeroni Emilià, santa Josefina Bakhita, sant Esteve abat.

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