El que quiera ser importante que se haga vuestro servidor

El mundo está cansado de padecer el orgullo de los que buscan con obsesión el poder y quieren mantener a la gente bajo sus pies, sea por la opresión física o por la fuerza de la ideología. La tentación del poder siempre está al alcance de cualquiera que lo pretende. Cuando el deseo de poder aparece en un corazón ambicioso, infecta todas las relaciones humanas convirtiéndolas en inhumanas; entonces es imposible dedicarse a los demás con actitud de servicio humilde. Queda muy clara la afirmación de Jesús en el Evangelio: «El que se enaltece será humillado, pero el que se humilla, será enaltecido» (Mt 23,12).

Jesús nos ha dejado en herencia los valores de la humildad y del servicio, siempre imperados por el amor. El servicio indica una condición de vida, una forma humilde de nueva relación con los demás. Se habla mucho de servicio, pero el sentido que le da Jesús proviene más del interior, de la caridad. Rainiero Cantalamessa dice que «el servicio es una forma que tiene el ágape de manifestarse, es decir, el amor que no busca su interés, sino el de los otros, que no está hecho de búsqueda, sino de donación. Es, en definitiva, una participación y una imitación de la forma de obrar de Dios». Pongamos en él el espíritu sinodal que nos una en un mismo camino.

Por lo que respecta al servicio, por tanto, hemos de tener presente lo que dice Jesús: «Se exige mucho de aquellos a quienes se ha dado mucho, se reclama más de aquellos a quienes se ha prestado más» (Lc 12,48b). Se refiere a los que ejercen la autoridad y les pide que sean como los que sirven, los servidores de todos. ¿Qué hay que decir de los derechos adquiridos, de los títulos, de los tratamientos, de las diferencias, de los escalafones y de tanta parafernalia acumulada, cuando Jesús reclama de sus seguidores, comenzando por nosotros, los obispos y los presbíteros, que nos arrodillemos y lavemos los pies, tal como lo hizo Él? ¡Pensemos que eso nos afecta a todos!

Cuando tenemos la tentación de aferrarnos a falsas marcas de identidad, veo muy sugeridora la propuesta llena de espíritu de servicio que hace Benedicto XVI: «El único camino para acceder legítimamente al ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es la verdadera puerta. No desear llegar a ser alguien, sino, al contrario, ser-para-los-demás, para Cristo, y así, en Él y con Él, ser para las personas que Él busca, las que quiere conducir por el camino de la vida». La opción humilde de ser para los otros y para Cristo para ser capaces de acoger, de escuchar, de acompañar, de guiar, de servir, de caminar al frente y al lado de cualquier persona, incluso cargando al más necesitado y al herido sobre nuestros propios hombros.

El papa Francisco se ha referido a ello cuando ha hablado del sentido de la «unción» sacramental, en contraposición al ejercicio de la «función», a la que muy a menudo queda reducido de forma exclusiva el servicio pastoral. Dice que «el óleo precioso que unge la cabeza de Aaron no se queda perfumando su persona, sino que se derrama y llega a las «periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, y aún menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite y amargo el corazón». He aquí el sentido del verdadero servicio.

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