¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón?

Nos irá bien hacer un poco de examen de conciencia. Cuando una persona desea algo importante para su vida, y lucha sin descanso para conseguirla, es capaz de dejarlo todo para hacerse con ello. ¿Qué es esto importante? Jesús dice que «con el Reino de los cielos pasa como con un tesoro escondido en un campo», y nos invita a buscarlo y encontrarlo. ¿Qué es este tesoro para que sea la razón de su búsqueda? ¿Cuál es este tesoro que incluye la decisión de abandonarlo todo por él? ¿Por qué este tesoro puede satisfacer la mayor aspiración humana? ¿Por qué apunta a una dimensión que va infinitamente más allá de lo que es cotidiano? Jesús dirà que «el que lo encuentra, lo deja escondido y, contento del hallazgo, se va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo». Búsqueda, encuentro, alegría y desprendimiento de todo para obtener lo mejor.

De la mano del papa Francisco y ante las preguntas planteadas, sobre todo la que nos plantea dónde tenemos puesto nuestro corazón, me permito verlo desde la invitación que nos hace a la esperanza: «La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna». Esta invitación a la esperanza, es ya una orientación hacia la búsqueda del Reino de Dios que «nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor» (FT 55.) Si, refiriéndonos a este tesoro, se trata del Reino de los cielos, veamos qué bella es la descripción que nos hace de él la oración litúrgica de la Iglesia cuando dice que es un Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

Acoger el Espíritu del Señor en nuestra vida y dejarle actuar será abrirnos al disfrute de este tesoro que puede satisfacer nuestras más grandes aspiraciones. En qualquier momento, y más en tiempos de crisis económica, debemos decir que la riqueza existe para ser compartida. Esta será una de las exigencias de haber encontrado el tesoro del que habla Jesús y haber aceptado poner cada cosa en el lugar que le corresponde en una sociedad que queremos organizar según los valores del Evangelio. Debemos poder decir que los valores espirituales son los que constituyen el verdadero tesoro. Los valores materiales, en cambio, cuando les damos un valor absoluto y son para nuestra vida lo más importante, nos encierran en el egoísmo y nos incapacitan para toda obra buena. Por alguna razón, Pablo dice que «el amor al dinero es la raíz de todos los males. Por haber caído en él, algunos han abandonado la fe» (1Tm 6,10). 

El pensamiento social de la Iglesia insiste en que el que desarrolla una actividad económica y posee bienes se considere administrador de todo lo que Dios le ha confiado. Hemos de decir no al consumismo entendido como filosofía de la vida, que eleva el materialismo a la categoría de bien supremo y convierte lo que es superfluo en conveniente, lo que es conveniente en necesario, y lo que es necesario en imprescindible. Solo podemos estar de acuerdo con la solidaridad social que fomenta los auténticos valores que son signo de que el Reino de Dios ya está entre nosotros. Ahí sí, nuestro corazón tiene donde ponerse. 

Sants del dia

27/05/2024Sant Agustí de Canterbury, sant Juli, sant Restitut.

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