Homilia de Mons. Sebastià Taltavull Anglada, Bisbe de Mallorca, en l’ordenació sacerdotal del diaca Mn. Andrés David Forero Rincón Parròquia de Sencelles, 1 de març de 2026

Homilia de Mons. Sebastià Taltavull Anglada, Bisbe de Mallorca, en l’ordenació sacerdotal del diaca Mn. Andrés David Forero Rincón Parròquia de Sencelles, 1 de març de 2026

Gn 12,1-4a. ¡Sal de tu casa!. En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra.

Sal 32. Que tu misericordia, Señor, vega sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

1Tm 1,6-14. Soporto estos sufrimientos y no me avergüenzo, sé en quién he creído.

Mt 17,1-9, Su rostro resplandecía como el sol. ¡Éste es mi Hijo amado, escuchadlo!

Era el mes de octubre, cuando aquí mismo, en esta iglesia parroquial de Sencelles y en tu ordenación de diácono, se te hacía un encargo de parte de la Iglesia que consolidaba tu misión de servicio de la Palabra de Dios, cuando te dije: «Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva, enséñalo y cumple aquello que has enseñado». ¡Ya no lo puede decir más claro! Era la exigencia de la elección que Dios hacía de ti por medio para el Orden del diaconado y la proyección de la misión hacia el sacerdocio. Y ahora, después de unos meses de ejercicio del diaconado ha llegado el momento de hacerse realidad: mensajero del Evangelio, lectura creyente y fe viva, enseñanza y testimonio.

Han sido unos meses, lo sabes muy bien, que lo has realizado en esta parroquia y en una incipiente dedicación a Cáritas diocesana. Me acuerdo muy bien cuando contigo y los miembros de Cáritas preparábamos la Navidad, allí en su sede de Palma y la ilusión que tenías por trabajar en Cáritas. Tu presencia allí, como la labor que has realizado en esta parroquia de Sencelles, da fe del sentido del diaconado que acogiste con tanta alegría convirtiéndose en servicio a la causa del Evangelio. Desde la ordenación como diácono de nuestra Iglesia, han sido unos meses de predicación en esta y otras comunidades, en reuniones y catequesis, pero sobre todo has predicado en silencio desde el hospital, des de la cama de la incertidumbre, de la abnegación y del dolor. Al mimo tiempo, tus palabras han beneficiado a quienes las han escuchado de ti, o por boca de quienes también te han oído.

Esta misma experiencia la relata la Palabra de Dios en la lectura de la segunda carta de Pablo a Timoteo, correspondiente a este segundo domingo de Cuaresma, que tú mismo has querido ampliar y hacerte eco de ella. Ya antes, querido Andrés, tu vida ha venido marcada con la experiencia de Abraham y como testimonio de su inquebrantable fe. Como él, «saliste de tu tierra, de tu patria, de la casa de tus padres, y te dirigiste a esta, tuya y nuestra tierra que Dios quiso mostrarte» (cf. Gn 12,1-4). En todo esto hay un designio de Dios y su voluntad necesita ser discernida con la fortaleza de la fe y la constancia de mucha oración. Ya, a lo largo de tu enfermedad, hemos podido captar como explicabas esta fortaleza y esta constancia, y con la convicción con la que lo expresabas. Tu testimonio nos ha dado mucha fuerza y consuelo a todos.

Y, como consecuencia, me fijo ahora en las palabras que Pablo a dirige a su discípulo Timoteo, valorando su fe y la misión que le encomienda. Le dice: «te recuerdo que reavives el don que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y templanza» (2Tm 1,6-7).

La gracia de la ordenación diaconal y, a partir de unos momentos, de la ordenación sacerdotal, la llevan consigo y son el don para mantener la firmeza de la fe, como también ha contribuido durante estos difíciles meses la gracia de la Eucaristía, del Perdón y de la Unción de los enfermos. «A través de los sacramentos, la eternidad acampa en la provisionalidad del tiempo y la historia de Dios viene a visitar y habitar el éxodo incesante de la condición humana».  El único y definitivo acontecimiento pascual del Crucificado Resucitado, en el que se ha realizado una vez por todas nuestra reconciliación, se actualiza en el gesto de la Iglesia. Así, en la verdad más profunda, la gracia se hace historia y la historia participa de la eternidad de Dios vivo» (Bruno Forte).

Querido Andrés, solo tú sabes lo que significa vivir la prueba de una enfermedad a la que uno tiene que enfrentarse, y lo has hecho, como dice san Pablo en su propia experiencia: «Tomando parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios, y no te has avergonzado de dar testimonio de Jesucristo» (2Tm 1,8). La palabra de Dios se hace eco de lo que vivimos y nos acompaña en todo momento dándonos su fuerza y su consuelo. Así lo expresa Pablo al decir que «Dios nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio» (2Tm 1,9-10). Ahora, como él y por medio del sacramento del Orden sacerdotal, «de este Evangelio eres constituido heraldo, apóstol y maestro» (2Tm 1,11).

«Esta es la razón por la que padezco tales cosas, -sigue diciendo Pablo- pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado» (2Tm 1,12). El paso hacia el sacerdocio viene garantizado por esta fe, por este fiarse totalmente del Señor en cuyas manos pones toda tu vida para que te acompañe siempre. Ten por seguro que no te dejará en ningún momento y podrás repetir con el salmo que hemos rezado después de contemplar la fe de Abraham: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (salmo 32).

En la proclamación del Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma, hemos escuchado con toda la Iglesia el relato de la Transfiguración del Señor. Con la recepción ahora del sacramento del Orden sacerdotal vas a pasar por una «trasfiguración», pasarás a «configurarte» con Cristo, pasarás a ser ese «otro Cristo» que vivirás identificado con Él y actuarás en su nombre. San Pablo, su carta a los Gálatas lo expresa con mucha claridad y convicción. Tan identificado, tan configurado, tan transfigurado se sentía, que decía: «Estoy crucificado con Cristo. Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi» (Ga 2,19-20).

Queridos hermanos sacerdotes, querido Andrés, ésta es nuestra identidad, no hay otra, ésta es nuestra trasfiguración, la que da sentido a la total entrega de nuestra vida, la razón profunda de nuestra configuración con Cristo, el Señor, la que da explicación de todo lo que por causa del Reino de Dios hemos acogido de todo corazón y con toda libertad. Dejaste tu familia, tus padres y hermanos que hoy te acompañan, para entrar a formar parte de una nueva familia, este presbiterio y esta Iglesia de Mallorca, para seguir a Jesús y hacerlo presente con la entrega de tu vida hecha servicio como el Buen Pastor. Finalmente, un consejo de la Palabra de Dios a través del apóstol Pablo dirigido a Timoteo y a todos nosotros, sacerdotes y a ti, Andrés: «Guarda el valioso tesoro de la fe con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros» (2Tm 1,14). Ahora lo vas a recibir como don y tarea en la misión que la Iglesia te confía en la ordenación sacerdotal. ¡Demos gracias a Dios